Esa tele gorda

"Mentiras y gordas", de Albacete y Menkes, se ha convertido en la película más taquillera de la semana, y en una de las más exitosas del cine español. No se me ocurre nada más alejado de mis gustos cinematográficos, pero nunca dejaré de alegrarme de que al cine patrio le vaya bien. Las claves de este éxito no parecen difíciles de averiguar: peli para adolescentes (que son los que más van al cine), con mucho sexo, drogas y Carpe Diem. Y, sobre todo, con muchos actores y actrices guapos y jóvenes, reconocibles por sus apariciones en la pequeña pantalla.
Hace cosa de un par de años una amiga que trabaja en la industria cinematográfica me comentaba cómo en ésta se consideraba un error recurrir a actores televisivos para protagonizar largometrajes. Creían que los rostros catódicos "empobrecían" el cine, y que el público no pagaba para ver en pantalla grande a gente que tenía gratis cada semana en su salón. Pero las tornas empiezan a cambiar, lo que en su mayor parte tiene que ver con una razón muy sencilla: la tele, amigos, es la que hace famosos a los actores.Y la fama es lo que hace que la gente quiera verte.
Algo parecido pasa con el teatro. Hoy en día no sale adelante una producción teatral de peso sin tener en su elenco a un par de rostros televisivos. No importa que sean malos, que no sepan declamar ni impostar la voz, que no tengan energía ni talento para interpretar en vivo: sus nombres van a atraer público. El teatro de Madrid, digámoslo en alto, vive de los provincianos que vienen de visita a la capital, y que desean, más que ninguna otra cosa "ver famosos". Las obras se estrenan en Madrid y luego se van de gira por las provincias donde se forran gracias a toda esa gente que quiere ver de cerca a los famosos de la tele (no podré borrar de mi retina a las señoras pamplonicas de abrigo de visón riéndose un poco desconcertadas con los chistes escatológicos de Santi Rodríguez).
Ojo, utilizo el término "provincianos" un poco en plan provocador, pero no hablo de paletos ni de borricos, hablo de gente corriente que considera que Madrid es una puerta abierta al fascinante mundo de los famosos; gente inteligente que sólo quiere tener una anécdota que contar cuando vuelve de su viaje. Desde hace veinte años mis padres me lo repiten cada vez que aparece Bibí Andersen en la tele: "Pues una vez nos sentamos al lado de ella en un bar, y no veas qué nuez y qué barba tenía". Y esa experiencia vital ya no te la quita nadie, oyes.
La televisión ha sido y es denostada por muchos que la consideran "basura", "mierda", generadora de contenidos de baja estofa y nulo valor cultural. Y muchas veces lo es. Pero, consideraciones intelectuales aparte (siempre insistiré en que la tele es sólo un "continente" que puede ofrecer también contenidos de calidad), y paradójicamente, la televisión está salvando al cine y al teatro.
¿Por qué? Pues entre otras cosas, porque la televisión es, hoy en día, no sólo la que permite que los profesionales sobrevivan económicamente, sino también la gran escuela del audiovisual. Actores, guionistas, directores y técnicos nóveles, como cualquier aprendiz de cualquier cosa, deben curtirse trabajando, y la mayoría lo hace en la tele. Por supuesto que el cine y el teatro son buenas escuelas, pero el trabajo es mucho menor, y son pocos los principiantes con suficientes contactos como para ganarse la vida desde el principio rodando cine. Casi nadie te da una oportunidad cuando todavía no sabes nada.
La televisión, sin embargo, precisa siempre de gente joven, con ganas de aprender y de dejarse el alma currando. Todos esos amateurs que empezaron desde abajo, que repartieron cafés y aguantaron sueldos de risa, que lucharon por destacar, por aprender, por ser mejores en lo suyo incluso en producciones vergonzosas y con jefes incompetentes, terminan siendo los que mejor conocen los entresijos de su trabajo, los que saben arremangarse y superar los problemas del día a día de un rodaje, de la construcción de un guión, de la puesta en marcha de una producción compleja.
La televisión ha sido durante mucho tiempo el sustento económico para muchos profesionales. Ahora es además una escuela y una plataforma de lanzamiento de la que se nutren otras disciplinas. Pocos guionistas se pueden permitir estrenar veinte películas "para ir cogiendo callo", pero sí podrán escribirse doscientos capítulos de distintas series. Y si de ahí no aprendes algo, entonces ya es que no vales para esto, y al menos todo ese trabajo habrá servido de filtro. Todo el mundo lo sabe: la gente que ha hecho televisión trabaja rápido, trabaja bien y responde bajo presión. Los ayudantes de dirección aprenden a dirigir y a meter en vereda al equipo, los actores diletantes aprenden a ser dirigidos, las scripts consiguen orientarse entre escenas y raccords de decenas de capítulos diferentes, los eléctricos educan su intuición para iluminar con rapidez y acierto, y los sonidistas descubren cómo aprovechar al máximo su equipo para solventar las mil y una contrariedades a las que se pueden enfrentar en un plató o un exterior.
Poco a poco se empieza a perder la vergüenza de decir que se trabaja en la tele. Entre otras cosas, porque el cine lo hace ya la misma gente que hace la tele, y se asume que una serie, una tv-movie, un documental, un programa... no son sino un trabajo más. Trabajo que, si bien no suele contar con el tiempo, el dinero y el mimo necesarios para hacer productos por los que demostrar un declarado orgullo creativo, tiene un nivel de exigencia, dificultad y renuncia que muchas vacas sagradas del cine no serían capaces de sostener ni un sólo día. Pedidle a Almodóvar o a Amenábar una serie semanal de 70 minutos, con plazos leoninos y presupuestos treinta veces por debajo del de sus películas y ya veríamos si se llevaban tantos premios y se lo pasaban tan bien rodando.



