No he tenido mejor idea que pasar este caluroso Agosto Madrileño escribiendo el capítulo piloto para una futurible e improbable serie televisiva. Digo improbable, primero, porque es una idea personal, surgida del trabajo con dos alumnos a los que tuve el honor de intentar enseñar algo hará poco más de un año, en Cuba. Es decir, que no es un proyecto que surja de una gran productora, ni de una televisión, ni de ninguna superestrella. Nada de eso, tres pringadetes que quieren hacer reír, con cierto apoyo de un productor con buen olfato, gracias a dios.

Y digo improbable, en segundo lugar, porque es un proyecto de muy difícil venta a una televisión. No entraré a explicar de qué trata la idea, en prevención de ávidos e inevitables chupahistorias que sé que os metéis en mi blog a la espera de una oportunidad de robar un poco de mi gran talento... Sólo os diré que algunas de las características de la serie provocarán esta automática respuesta por parte de cualquier ejecutivo televisivo: “la gente no se va a identificar con esto”.

Las televisiones, ahora mismo, buscan series para las amas de casa, los hijos de las amas de casa, los maridos y los padres de las amas de casa, gente que tienen los curros que tiene todo el mundo, hacen las cosas que hace todo el mundo y compran las mismas cosas que compra todo el mundo. Quieren llegar a todo el mundo, y creen que la mejor manera de lograrlo es por medio de historias familiares, cotidianas, con niños y adolescentes y abuelos... y nada de cosas raras.

El éxito de “Aquí no hay quien viva” (comprensible y muy merecido) ha convencido a los dioses televisivos de que lo cotidiano es la única fórmula válida de la comedia. Pero no es cierto. Al menos no en los términos en los que ellos lo expresan. Confunden "identificación" con elementos externos, como las casas, la comida y la ropa, en vez de pensar en conflictos humanos.

Como espectadores, nos sentimos identificados con una historia cuando tiene que ver con el amor, la envidia, problemas económicos, celos, sueños imposibles, luchas cainitas... vamos, de lo que está hecha la vida misma, y la ficción.

¿Acaso son cotidianas, según los patrones televisivos actuales, “M.A.S.H.”, “Frasier”, “Seinfeld”, “Murphy Brown”, "Los Soprano", “Cosas de marcianos”, “La Víbora Negra”, "Mujeres desesperadas" o incluso “Monty Python's Flying Circus”...? ¿No están protagonizadas por personajes a menudo extravagantes, con oficios poco frecuentes, casas caras o ruinosas pero muy distintas a las nuestras, y vidas y actitudes fuera de lo común? ¿Y acaso no consiguen hacernos reír y llorar todavía hoy?

En este país hay un claro desfase entre una idea “que puede funcionar” y una idea “que se puede vender”. ¿Por qué? Porque ninguna televisión, quiere arriesgarse a hacer algo un poquito disitinto. La gente que decide qué se emitirá en un canal sólo intenta salvar su sillón disimulando que no tiene ni idea de cómo se distingue una idea buena de una mala. Así que al final todo son clones, porque se agarran a fórmulas igual que un presidente de club de fútbol a la teta de una prostituta rusa adolescente.

También es cierto, no vamos a negarlo, que las excepciones que hemos tenido no han sido muy acertadas. Pongo el inefable caso de “El Inquilino” como ejemplo más claro. Pero tampoco las series más "cotidianas" estrenadas últimamente han triunfado, porque el público está saturado de estrenos que no aportan nada nuevo.

Hace pocos días cené con colegas guionistas con los que, como siempre, criticamos a todo y a todos en esta industria de la tele. Eso sí, entre nosotros no nos criticamos hasta que nos fuimos cada uno para nuestra casa, supongo, ja. En fin, uno de ellos me sorprendió: presa de un ataque de cinismo, aseguraba que no quería en absoluto luchar por ningún tipo de idea original, que sólo buscaba vender a las televisiones aquello que ellas querían comprar, y con suerte, algún día llegar él a ocupar alguno de esos sillones de directivos para ganar mucho dinero sin hacer nada.

En esto está convirtiendo la tele a nuestros buenos guionistas (porque éste es muy bueno, os lo juro), en partes de maquinaria, en soldaditos de plomo alineados en fila. Eso sí, algunos con buenos sueldos.

En mi caso, y por ser tan guapo como soy, una productora me paga algo por escribir este piloto, con la intención de moverlo posteriormente, lo que no deja de ser un aliciente más que suficiente para animarme en mi empeño, claro. Dinero a cambio de hacer lo que te gusta, suena bastante bien, ¿no?

A partir de ahí, ya, vienen las disquisiciones personales en cuanto al tono, el ritmo, el número de personajes, de tramas, el equilibrio historia/comedia, el tipo de comedia, la duración del capítulo, los recursos fáciles (tetas, chistes de la Pantoja, imitaciones...). Son tantas decisiones que apabullan. ¿Cuál es la fórmula, emular productos estúpidos pero que han funcionado tipo “Ana y los 7”? ¿Intentar copiar “Aquí no hay quien viva”? ¿7 Vidas? (se supone que sabría hacerlo, ahí estuve 4 años). ¿Aída? (Un clon de “7 Vidas”). ¿Apuesto por nuevas fórmulas tipo “The office” o “Curb your enthusiasm”? ¿Me baso en los clásicos? ¿En cuáles? ¿Voy por ahí diciendo que tengo una serie que va "sobre nada", como hizo Seinfeld?

Al final, la única norma a la que puedes agarrarte es: busca la calidad, y diviértete. ¿Que dónde está la calidad? Ah, ahí viene lo difícil: lo único que puedes hacer es exigirte en cada personaje, en cada chiste, en cada giro de la escaleta... No quedarte con lo primero que te viene, ser duro contigo mismo... Y esperar que el resultado sea, cuanto menos, aceptable.

Mañana comienzo el segundo borrador. Voy a destrozar casi todo el primero, ¡qué divertido! Y así es la vida del guionista, cuando no eres pareja creativa de algún Amenábar, claro...