"Un, dos, tres..." y fin

El pasado martes acudí a la filmoteca valenciana con la sana y envidiable intención de disfrutar de la proyección de “Un, dos, tres”, una de las películas más divertidas, ácidas y trepidantes de Billy Wilder (que es el guionista más divertido, ácido y polifacético que ha dado el séptimo arte). El protagonista, interpretado por un sorprendente y vivaz James Cagney, es el responsable de la fábrica de Coca-Cola en el Berlín de posguerra. Es el arquetipo del empresario americano, eficiente, trabajador, insensible, infiel a su esposa y que sólo sabe dar órdenes gritando. Su puesto de trabajo peligra cuando su jefe americano le manda cuidar unas semanas de su hija, una adolescente caprichosa y difícil de controlar. La chica, de hecho, se casa a escondidas con un auténtico comunista de la alemania del este, dogmático y enfervorecido anti-yanqui. Y empieza el lío. La parte más divertida del film narra los malabarismos que el empresario debe hacer para separar a la pareja, en primer lugar, y para volver a juntarlos cuando descubre que la chica está embarazada, a la vez que intenta convertir al comunista en un aceptable y simpático yerno americanizado, y procura salvar su propio matrimonio.
El largometraje está trufado de chistes fantásticos y diálogos de ritmo endiablado. Wilder aprovecha su condición de Europeo para hacer una disección bárbara de ese Berlín que se acababa de separar trágicamente (justo ese año, 1961, se construyó el muro de la vergüenza) y en el que convivían yanquis, rusos, alemanes (algunos ex-nazis), franceses, oportunistas, falsos dogmáticos, espías, putas y nobles venidos a menos. Sólo "El tercer hombre" ha conseguido dar una imagen más ajustada de aquella época (en la ciudad de Viena). Sin embargo, aunque Wilder fue autor del guión, junto a I. A . L. Diamond, y podemos apreciar su impronta en muchos de los diálogos, en realidad el film adaptaba una obra de teatro del año 30 de Ferenc Molnár, un dramaturgo húngaro.

Pero en este caso, mi problema fue que la proyección dejó bastante que desear. En primer lugar (y esto no es culpa de la proyección), una chica histérica reía de forma tan exagerada que parecía que se había metido unas rayas antes de entrar. Vale que Wilder es genial, pero no hace falta tener un orgasmo en cada chiste. Pero lo más flagrante era la pésima calidad de la copia. El sonido era malo, y la película estaba muy estropeada. Y lo más alucinante fue que ¡cortaron la película sin terminar! Debían faltar unos cinco minutos de película, cuando cortaron abruptamente e insertaron un absurdo y sacado de la manga “FIN” que nos dejó helados. Se cargaron la resolución de una trama secundaria magnífica, la del matrimonio del empresario, el momento que más humaniza y nos acerca al personaje.
En fin, no hacen falta comentarios. Es bastante significativo que una filmoteca de una gran ciudad tenga este tipo de detalles para con los espectadores. Si Billy levantara la cabeza, se le volvería a caer.



Rul dijo
Peliculón que me sé de memoria por haberla adaptado a teatro cuando estudiaba guión en la universidad. También actuaba (era Otto el alemán comunista). La peli no sentó nada bien a bastantes alemanes del momento, que acusaron a Wilder de reirse del sufrimiento de sus compatriotas y de haberse vendido al capitalismo. Gente sin sentido del humor, supongo.
En mi opinión, Wilder reparte tanto al capitalismo como al comunismo. Sólo que al primero de forma más disimulada. ¿Y quién mejor que un "gangster" como James Cagney para interpretar al directivo de una multinacional?
Por cierto, me alegro por tu piloto. Ya me contarás...
Al chico canario no le cogieron en cadena cien, pero me molaría saber qué te parecieron los sketches.
27 Septiembre 2006 | 02:49 PM