Y el asesino es... el segundo acto

Como todo guionista que se precie (sea de cine, tv, o de las obras de teatro de la asociación de vecinos), siempre ando retorciendo, amasando y sufriendo alguna idea para escribir un guión de largometraje.
La mayoría de los guionistas somos tan tontos que nos gusta ese ejercicio de masoquismo que supone levantar 90 minutos de ficción, a sabiendas de que lo más seguro es que jamás se verá en una pantalla. Y, si se ve, será totalmente deformada por los imponderables de la maquinaria cinematográfica (directores mediocres que se creen autores, productores estrella que se creen conocedores de los gustos del público, actorcillos de cutis liso que se creen Robert De Niro…)
En fin, reconduzco que la ira me pierde. El caso es que una de las pocas cuestiones en las que estoy de acuerdo con los clásicos manuales para escribir guiones, es que el segundo acto de un largometraje es, siempre, el más difícil de sostener. ¿Por qué? Porque uno intenta que el conflicto principal detone pronto (para enganchar rápido) y que se mantenga hasta el final (para no quedarse sin historia antes de tiempo), y que, además, todo lo que pasa avance, que la historia no se detenga y una cosa lleve a la otra. ¿Os dais cuenta? Parece una tarea imposible.
Las soluciones (teóricas) son variadas:
- Potenciar en el segundo acto los conflictos secundarios.
- Abarrotarlo de pequeñas “peripecias” que vayan resolviendo inconvenientes que nos separan del objetivo final.
- Profundizar en los conflictos internos de los personajes.
- Crear momentos de tensión en los que parezca que el objetivo es imposible... para luego encontrar una solución alternativa.
- Diversificar la acción entre varios personajes.
Son teorías que, en realidad, luego no te ayudan demasiado a la hora de llenar de letritas la pantalla blanca. Lo que sí debe quedar claro es que escribir un guión de largometraje supone, sobre todo, construir su estructura. Con una buena estructura, la película está hecha. Los diálogos son la parte más fácil, siempre.

Como ejemplo de un par de cagadas de estructura que he visto últimamente, os hablaré de un film que llegó a mis manos hace poco: “La Furia”, film dirigido por Brian de Palma, y protagonizado por Kirk Douglas y John Cassavetes, entre otros.
En general, la peli es flojita, en gran parte, hay que decirlo, porque sus efectos especiales y su argumento han quedado ya un poco desfasados. Se rodó en 1978, e intentaba aprovechar el tirón de “Carrie” y del género fantástico-terrorífico que por aquella época epataba a las gentes de bien. Nos cuenta la lucha de un padre ex-agente secreto por encontrar a su hijo adolescente, al que ha secuestrado una oscura organización que cree que el chaval tiene poderes psíquicos (que mueve cosas sin tocarlas y eso, vamos).
El arranque engancha. En una escena de acción bien rodada, hacen creer al chico que su padre ha sido asesinado, y se lo llevan con él.
Por otro lado, una joven que también parece psíquicamente bien dotada (y no sólo psíquicamente), es convencida para que ingrese en una especie de “escuela de genios” donde aprenderá a canalizar y controlar sus poderes (si, esto me recuerda a la Patrulla X), y que en el fondo es una tapadera de la oscura organización.
Hay dos problemas fundamentales en el segundo acto. El más importante, que el padre desaparece durante mucho rato, y nos centramos en la situación de la chica en la escuela, que puede ser interesante pero nos aleja del conflicto principal que se había planteado en el arranque. Hay un cambio brusco y radical respecto a través de quién estamos siguiendo la historia, lo que fácilmente crea una pérdida de interés en el espectador.
Y el segundo es un error de bulto relacionado con la información que tiene el personaje del padre. Al principio se muestra muy preocupado porque no sabe, siquiera, si su hijo está vivo o muerto. Pero un rato después, en una conversación con su aliada dentro de la escuela, dice algo así como que “puede que a esa chica le vayan a hacer lo mismo que le han hecho a mi hijo”. ¿Cómo coño sabe él lo que le han hecho a su hijo? ¿Y por qué da por hecho, a partir de ese instante, que está vivo? El momento de adquirir esa nueva información es dramáticamente muy potente y, sobre todo, muy necesario: “¡mi hijo está vivo! ¡Ahora estoy seguro!”. Qué menos que gastar un minutito en eso, ¿no?
En fin, sólo es un ejemplo de las muchas cagadas que se pueden cometer en el segundo acto. No sólo es importante ponerse en la piel de los espectadores sino también en la de los personajes. Y, también, como dice una de esas listas de "diez cosas que deberías saber para escribir guiones", estrújate la parte izquierda del cerebro, es decir, la que maneja la lógica. La derecha se supone que los guionistas ya la llevamos bien puesta de serie.




Ruth dijo
Lo del cambio de perspectiva en el segundo acto pasa de forma flagrante en "La mala educación", cuando la historia, de repente y sin venir a cuento, pasa a ser contada por otro personaje. En concreto, este guión de Almodóvar, por esta y otras cosas, me parece especialmente malo.
Y quería preguntarte: ¿qué me dices de esa tendencia absurda que hace que las pelis se alarguen hasta el infinito? De noventa minutos, nada. Ya pasamos de las dos horas de metraje de media. ¿Cómo afecta esto a la estructura?
20 Noviembre 2006 | 09:25 AM