Como escritores que (se supone) que somos, los guionistas utilizamos como materia prima las palabras. Y se da por hecho que las conocemos, las utilizamos, que tenemos cierto control sobre ellas y sabemos elegirlas, disponerlas, definirlas, alterarlas y hasta prostituirlas (si no hay más remedio). Y que, además, nos gustan y nos interesan.

Hace unos meses una cosa llamada escuela de escritores (¿enseñarán también a leer?) realizó, con ayuda de la SER o algún otro medio de comunicación pelmazo, una desapasionada encuesta para saber cuáles eran las diez palabras del castellano preferidas por la gente. Como somos un país de ñoños bobotontos (y estos dos vocablos me gustan mucho), las elegidas fueron palabras sosas e impersonales como “amor”, “libertad”, “paz”, “vida” y ñoñerías del estilo, debido a que los empalagosos participantes se atuvieron mayoritariamente al aburrido aspecto semántico de los vocablos, en vez de atender a otras consideraciones más estimulantes.

Si, por ejemplo, nos centramos en el acierto y la belleza de la sonoridad, que es lo que se debería haber hecho, yo hubiera elegido voces como susurro, filigrana, ronroneo, titilar, locomotora, serrucho, sinsentido, bamboleo, quinqué, zalamero, cacatúa, libidinoso, desasosegante, titiritero, siseo, azahar, batahola, zigzagueante, sonsonete...

También hay palabras que entretienen, porque duran mucho rato, como desoxirribonucleico, fitopatología, compartimentación, desesperanzadora, piezoelectricidad, telecinematógrafo o vicealmirantazgo. Y supercalifragilisticoespialidoso, claro (os juro que la he puesto de memoria, el puto Disney hacía bien su trabajo. Lo que no sé es si lleva acento, ni dónde).

Sin embargo, para mí muchas de las palabras más divertidas del castellano son las mal llamadas “malsonantes”. Insultos, improperios, tacos, groserías... No me digáis que no os molan... pillastre, mamarracho, cabrón, gilimemo, soplamocos, bellaco, potorro, malnacido, estulto, lupanar, esmirriado, papanatas, soplapollas, casquete, malandrín, ignominioso...

Y luego, están esas palabras que te gustan porque sí, porque te dan buen rollo, sin saber explicar por qué. Algunas de las mías son polichinela, paramecio, vuelapluma, dársena, vitriólico, carabinero, farándula, cucurucho, obertura o zíngaro.

Pero una de mis favoritas, por su espíritu lúdico, picantito, populachero y un poco transgresor, es “despelote”. Y si la uno a la palabra preferida de una persona a la que quiero, “merendero” (tan evocadora, tan buen rollera), el resultado es de una belleza estremecedora: “Despelote en el Merendero”.

Ojala algún día pudiera hacer una película con ese título. O incluso aún mejor, ojala pudiera hacerla, saliera bien, y hubiera una fantástica secuela llamada “Despelote en el Merendero 2”. No me digáis que no iríais a verla, jaja!

Espero vuestras palabras, amigos todos.