La comedia, esa cosa dúctil y traviesa que se cuela en todas partes...

Habréis oído y leído muchas veces eso de que la comedia y el drama están íntimamente unidos. No hay nada más cierto. Woody Allen trataba tangencialmente de ello en su film "Melinda & Melinda". Una buena comedia se construye siempre sobre los pilares de unos conflictos potentes, basados en realidades jodidas para las cuales la risa es la mejor vía de escape.
¿Cuáles son los gags más divertidos? Los más burros, los que reflejan el mundo presente. Seamos francos: nos reímos con los chistes racistas, machistas, sexistas... chistes de cojos, de cuernos, de maricas, de frikis solitarios, de violencia, doméstica o terrorista, de analfabetos y hasta de pederastas...En fin, de las cosas más dramáticas y conflictivas que hay en la vida.
Pero de lo que no se suele hablar tan a menudo, es de que en un buen drama también tiene que haber, a la fuerza, buena comedia, siempre que se sepa mirar con los ojos adecuados, claro. Porque no son chistes evidentes ni golpes cómicos preparados, sino sutiles corrientes humorísticas subterráneas que se deslizan bajo la capa principal de seriedad y dramatismo.
Este fin de semana he disfrutado con "El Gatopardo", obra maestra que no veía desde hace más de diez años, y que tenía muy olvidada. Para mi sorpresa, me he dado cuenta de que es una película muy divertida, a pesar de que cuente una historia terrible, de envejecimiento, decadencia, violencia, injusticia y muerte. Y os he preparado algunos ejemplos (os quejaréis de lo que os cuido).
El primer vídeo es parte de una escena aterradora que muestra una auténtica batalla "a la italiana". Tiene el toque de ridiculez justo para que resulte totalmente veraz. En mitad de una cruda batalla, las viudas de los soldados ocupantes intentan linchar a uno de los gobernantes corruptos que les han estado oprimiendo durante años. ¿Es comedia o es drama? ¿O las dos cosas?
"El Gatopardo" habla de la decadencia de una clase noble que se enfrenta a una época de cambios, en la vieja Sicilia. Aquí vemos la llegada de la familia al pueblo donde pasan los veranos. El Príncipe de Salina, el líder familiar, se acerca a un lugareño y le saluda... después de acariciar a su perro. A mí me hizo mucha gracia.
Poco después vemos a la noble familia oyendo misa, recién llegados de un viaje en carromatos que les ha dejado totalmente cubiertos de polvo. Una panorámica nos los muestra inmóviles, blancuzcos... son estatuas de mármol, vestigios de un pasado que está a punto de desaparecer. Puro cine, amigos: contar sin decir, mostrar sin hablar. Y con mucha mala leche.
Una de las pocas formas de entrar en una familia como ésta, era a través del sexo. Los matrimonios se convertían en la única válvula de escape por la que se podía colar un extraño no perteneciente al sagrado círculo de la nobleza. Por eso cuando una imponente Claudia Cardinale (hija de un alcalde adinerado pero paleto) entra en esta estancia, todos saben lo que significa, lo que implica, lo que va a pasar... y es todo tan divertido...
Pero lo que más me hizo reír fue este momento. En gran parte, claro, porque la risa de la Cardinale es contagiosísima. Tan fresca, tan espontánea... Pero fijaos en la reacción que provoca en el resto de los comensales. Tanta frescura es demasiado para ellos. Pero a ella le importa un pito.
Y por último otra cosa, extracinematográfica, que me hizo gracia: uno de los personajes secundarios está interpretado por ¡Terence Hill!, el guaperas compañero de mamporros de Bud Spencer, pareja de la que algo hablé hace poco. Por aquel entonces aún pensaría que podía ser un actor serio, y aún se llamaba Mario Girotti, que era su verdadero nombre. E interpretaba a personajes tiernos, amantes de la poesía...




Pacus dijo
Todo muy cierto. Sólo hay que acudir a Delitos y Faltas para ver un grandísimo ejemplo de drama dentro de comedia, de comedia dentro de drama. Esa es la clave, equilibrar la balanza.
19 Diciembre 2006 | 12:54 AM