Mil millones de veces

Ya os conté en algún que otro post que yo, en realidad, empecé en el mundo del cine. Como acomodador. En los cines Golem de Pamplona.
Una de mis labores recurrentes consistía en vigilar cada pocos minutos la proyección de las películas para que todo estuviera correcto (foco, sonido, temperatura de la sala...). Y cuando la película estaba terminando, debía permanecer atento para abrir las puertas y cortinas y ayudar a salir a la gente.
Esto implicaba tragarse miriadas de veces las mismas escenas de las mismas películas, lo que podía llegar a resultar un auténtico suplicio. Yo he visto morir congelado a Leo Di Caprio más de cincuenta veces en "Titanic", he soportado una y otra vez los confetis y los bailecitos de Jar-Jar bins al final de "La amenaza fantasma", he padecido a Pierce Brosnan en “Un pueblo llamado Dante´s Peak”, y he sufrido al chucho que jugaba al baloncesto en “Air Bud”.
Pero uno tenía sus compensaciones, también. Sabíamos en qué minuto exacto de “El faro del sur” Ingrid Rubio enseñaba sus pechos perfectos, y solíamos entrar a la sala en ese momento para comprobar que todo estuviera en su sitio. También me gustaba ver cómo Rosa María Sardá recibía a un lehendakari negro en “Airbag” (el mejor gag de esta irregular comedia), o escuchar a Rubén Blades interpretar su versión del “Across the borderline” (de Ry Cooder) en “La Caja China”.
(Ah, y también descubrimos fehacientemente que en un momento de la disneyniana “Hércules” alguna actriz de doblaje había colado un “¡quiero follarte!” semioculto entre los gritos de emoción de unas fans del musculoso ídolo).
Porque si algo aprendías de esta rutina de la repetición es que hay momentos cinematográficos que aguantan un visionado... y ya no más, por favor. Pero que hay otros de los que puedes disfrutar millones de veces y que no te dejan de atrapar.
Si tuviera que elegir una escena de entre todas las que me aprendí de memoria en aquella época, no tardaría ni dos segundos en decidirme por este momento de la genial “El Gran Lebowsky”. Entrábamos a verlo prácticamente en cada pase, y siempre nos reíamos, siempre recuperábamos la sonrisa. Es uno de esos regalos cinematográficos en los que los guionistas debemos agachar la cabeza y reconocer que, más a menudo de lo que creemos, un buen director va a ser el responsable último de un momento mágico creado a golpe de planificación, de música, de interpretación, e incluso de vestuario, un momento que sobre el guión posiblemente no era más que una escueta línea de descripción.
Qué enorme Turturro, y que enorme los hermanos Cohen cuando se ponen enormes (que no es siempre). Disfrutadla todas las veces que queráis.





desayunoconbacon dijo
Sí, mi VHS de esta gran, gran película, está desgastada en esta escena. Brillante.
9 Febrero 2007 | 12:50 PM