Jefes dogmáticos

Hinchado de tanto buen comer, y huyendo de la gran bufa con la que la Trotona, la Espe, el Ynestrillas y otros peperos secuaces (que me han perseguido en mi finde de relax) han engañado a muchos navarros (entre ellos buenos amigos míos y familiares) para que se manifiesten borregamente por las calles de mi amada Iruña, acabé metido en una sala de mis antiguos cines Golem que tanto he barrido de palomitas, viendo la última travesura de Lars Von Triers, “El jefe de todo esto ” (que, por cierto, distribuye la propia GOLEM).
Me atrae siempre del amigo Lars su acierto en la elección de actores y su sabiduría para dirigirlos, dejándoles, me parece a mí, suficiente libertad como para que los personajes crezcan gracias a ellos, y no al contrario. También admiro su valentía narrativa y su capacidad para adentrarse en acontecimientos y personajes obscuros, fuera de lo común, sin precipitarse demasiado al abismo de lo irreconocible.
Pero no disfruto con su tendencia al melodramatismo ni con sus machaconas obsesiones, como la de recurrir a protagonistas femeninas ultrabondadosas (o ultrabobas) maltratadas por un destino trágico hasta lo exasperante (“Rompiendo las olas”, “Bailando en la oscuridad”, “Dogville”…). Y tampoco comulgo con su afán para aparentar ser “raro” y “rupturista”, imponiéndose leyes y códigos cinematográficos que él es el primero en rechazar cuando le vienen en gana. Puede que me gusten algunos de los resultados del Dogma (“Celebration” sobre todo), pero no sus fundamentos (en realidad, simples estrategias propagandísticas).
En esta ocasión, ver una comedia de Lars Von Triers suscitaba suficiente interés en mí como para pasar por encima los evidentes riesgos de acabar cabreándome con el realizador. Descubrí para mi sorpresa que acata en este largometraje muchos de los códigos básicos e indiscutibles de la comedia e intenta, en un principio, construir una comedia sencilla, con un planteamiento de cambio de roles y falsificación de personalidades muy clásico y efectivo (y cuyo resultado recuerda bastante a la magnífica "The Office", serie que el director niega haber visto).
El dueño de una empresa se ha hecho pasar por un empleado más durante años con el fin de cargar todas las culpas de la presión a un imaginario director. Pero ahora que va a vender la empresa necesita la presencia física de ese personaje inexistente, y la consigue contratando los servicios de un inseguro actor venido a menos, que debe enfrentarse a un grupo de empleados con diferentes ideas respecto a quién es su personaje.
Pero, aunque “El jefe de todo esto” se me presenta como una comedia correcta, desgraciadamente apenas me hizo reír. Creo que pudo contribuir a ello el soso doblaje, que seguramente me hizo perder un montón de divertidas inflexiones de voz de unos actores más que solventes.
Pero creo que hay una razón más grave, y es que el guión cae en el clásico error de considerar que la comedia es un género que no exige verosimilitud, es más, que puede prescindir de ella alegremente. Gran cagada. No digo que una comedia tenga que ser “realista”, pero sí “verosímil” dentro del pacto de lectura que se ha establecido con el espectador. Y ésta no lo es, sobre todo porque no es coherente con los personajes que presenta.
No soltaré spoilers, pero sí diré que hay dos o tres giros en la trama principal (sobre todo en los últimos quince minutos), que no hay dios que se los crea. Y es una pena, porque la historia empieza bien y me gustaba la idea de rodar una comedia con suficiente libertad como para saltarse las convenciones del género y conseguir un film más fresco.
Por otra parte, el director nos obsequia con continuos y conscientes planos cortados, mal encuadrados, montajes chapuceros y transiciones abruptas, producto de una nueva estupidez que ha dado en llamar "Automavision", una parida que él considera una eficaz herramienta para “ser moderno” y que no redundan más que feísmo y alejamiento del espectador respecto a la historia (al igual que la innecesaria voz en off).
Lo mejor del film es el protagonista y sus denodados esfuerzos por resultar fiel a un personaje inexistente y por acaparar la atención de lo que él considera “su público”: los engañados trabajadores de la empresa. Sin duda, el personaje bebe de las propias amarguras y dificultades que el director debe haberse encontrado a lo largo de su dilatada carrera a la hora de enfrentarse a actores esquizofrénicos, inseguros, respondones y anárquicos, de esos de los que ya hablé alguna vez , y a los que Peter Bodganovich despellejaba en “Qué ruina de función ”, por cierto una comedia magnífica, puede que mucho menos “moderna” que la de Lars Von Triers, pero infinitamente más divertida.






Miss Julie dijo
Vamos, pá no verla. Pues una menos. Gracias.
¡Ay, qué ilu! Soy la primera...
Bueno, naaada, andaba crastinando (¿o es krastinando?) y digo pues ¡ala! voy a estrenar el comentario del amigo G.H.
Oye, y vaya la que se ha líado en el coment anterior... Me lo he pasado de miedo leyendo, tío. ¡Qué fuerrrrte!
19 Marzo 2007 | 09:47 PM