La tarde del domingo devino para mi regocijo en una inesperada y agradable velada teatral. Unos amigos majos y listos nos invitaron al apartamento de uno de ellos para ver un ensayo completo de la obra que están a punto de estrenar.

Son tres jóvenes talentos: un actor, una actriz, y un director/autor, que se han juntado para desgranar y dar vida a un magnífico texto ajeno, epistolar, que han remodelado y organizado para crear una pieza teatral de algo más de una hora, en la que un hombre y una mujer separados en el tiempo y el espacio se rinden cuentas mutuamente de lo que fueron unos breves días de encuentro veraniego, en un ejercicio piruetístico de puesta en escena del que salen bastante bien parados.

Así que allí nos encontrábamos un grupo de cuatro espectadores disfrutando en primera linea, desde el sofá, de dos interpretaciones vibrantes, medidas y nacientes, en una suerte de pase privado y casero que por lo visto, hace años, y según me explicaron, ya estuvo de moda bajo el epígrafe de "teatro de apartamento". ¿Puede haber un lujo mayor? Fue una velada hermosa y rejuvenecedora, que me hizo sentir parte de la bohemia y de ese arte democrático y del pueblo que se hace porque sí, porque te sale de dentro, y que se vive y se debate y se comparte con la gente.

De momento estos amigos van a hacer tres pases esta semana, en un bar, y si va bien, ya se andará después. No os revelo el lugar porque parece que las tres veladas ya anuncian lleno y no es cuestión de colapsar las calles de la capital con mi gran poder de convocatoria, ja.

Aunque no me lo especificaron, me da la sensación de que ninguno de estos tres artistas, a pesar de ser profesionales que viven de esto, aspira con esta obra a conquistar ningún oropel ni lugar en la historia del teatro, ni a ganar cantidades ingentes de dinero. Simplemente, se han reunido alrededor de una historia que les ha llegado, y han querido darle vida y aprender de ella juntos.

A menudo en esta industria nuestra tan pragmática y cínica y en la que es difícil ganarse la vida cuesta encontrar iniciativas puramente creativas, hechas con la intención de disfrutar, aprender y crecer como artista, que es como nos enfrentábamos a la creación cuando éramos jóvenes y empezábamos a sospechar que queríamos dedicarnos a algo divertido. Echo de menos aquellos años en los que tuve mis flirteos con la música, el cómic, la literatura... sin saber muy bien qué acabaría siendo de mi futuro. Eran unos flirteos de salir corriendo de feos y malos, claro, pero ahí estaba la ilusión y las ganas de aprender, y yo creo que algo se saca de todo eso. Lo malo es que ahora esos sueños se han ido cayendo uno a uno, como es inevitable. Lo más duro de crecer es que no tienes más remedio que ir renunciando a cosas que ya nunca serás.

Muchos de mis colegas de profesión ahora no mueven el culo si no hay un rédito económico de por medio. Y les comprendo: hay que comer y pagar la entrada del gimnasio. Ojalá la profesionalidad y experiencia de los más listos pudieran juntarse con ese empuje y esas ganas de los más jóvenes futuros talentos.

Tal vez el mundo de los cortos, por su amateurismo, juventud y su espíritu de colegueo y cuchipandi sea lo más cercano que conozco a este altruismo creativo, aunque también es verdad que el cortometraje, al haberse convertido en una plataforma de lanzamiento de nuevos realizadores, se ha desvirtuado un poco, y se ve mucho salvajismo, nerviosismo y envidia por los festivales, y no son muchos los realizadores que ruedan porque sí, porque les apetece y tienen una historia que contar (y no unos objetivos que cumplir).

Salvando las distancias, creo que también los blogs se mueven con ese motor desinteresado e infructuoso. Hace poco unos amigos me preguntaban qué se gana escribiendo un blog. Pues supongo que no mucha cosa, si nos atenemos a lo material. Yo al menos, no. Nadie nos paga por escribir ni nos va a dar trabajo (incluso a lo mejor nos lo quitan, quién sabe). Y, sin embargo, son de estas cosas que te apetece hacer y vas y las haces, porque sí, aunque no tengan mucho sentido ni vayas a recibir nada a cambio excepto pasártelo bien y hacer buenos amigos y malos enemigos.

Y lo mejor de toda esta inutilidad asumida es que puedes cagarla una y otra vez, y meter la pata, y fracasar y fracasar, y aprender, y embarrarte y enmierdarte mucho y bien. Pero ahí está lo bueno. Al fin y al cabo, como bien cantaban en Paint your wagon, "las mejores cosas de la vida, son sucias".

Saludos, y que ustedes lo procrastinen bien.