Códigos Amorales
En estas últimas dos semanas me he metido entre pecho y espalda y sin masticar las primeras temporadas de dos series acojonantes: "The shield" y "Roma".
Para el que no las conozca, diré de la primera que es una serie policíaca mezcla de "Los Soprano" y "Policías de New York" protagonizada por un poli corrupto y violento que utiliza todas las armas que considera oportunas para mantener un cierto nivel de paz en un barrio latino de difícil habitabilidad.
Y "Roma" es un interesante, medido y realista acercamiento a los años de esplendor del imperio romano, en el momento en el que Julio César se autoproclama emperador, aupado por un pueblo que está harto de los tejemanejes de un senado corrupto cuyos miembros sólo quieren comer bien, follar todo el día y mandar mucho, como cualquier hijo de vecino. Hay nobles pero también tenemos protagonistas plebeyos, y no falta de nada: traiciones, miserias, guerras, asesinatos, envidias, malos rollos a saco paco y sexo cuasiexplícito con incestos, violaciones y de todo (recuerda un poco a los pasillos de globomedia, salvo lo de asesinatos y el sexo, que yo sepa).
No es plan a estas alturas de ponerme a incidir una vez más en las abismales diferencias entre este tipo de producciones y las nuestras, ya las sabemos y las denunciamos una y otra vez en mitad del desierto y azotados por tormentas de arena.
Pero sí hay un asunto que quiero destacar hoy, que tiene que ver con la disponibilidad moral de los personajes. Y es que estas dos producciones tienen a bien desmontar una vez más una tontería anticuada y boba que ha imperado en el universo catódico desde que se inventó esto de la tele (y con mucha fuerza en nuestro país) y es esa idea tan maniquea y aburrida, tan de ética de segundo de Audiovisual de universidad del opus, de que los protagonistas de una historia deben ser buenos y majos o si no te caerán mal y ya no querrás volver a saber de ellos nunca más (cosa particularmente onerosa cuando de una serie se trata y buscas la fidelidad).
Pues... y una mierda que te comas, añado yo con mi habitual elegancia.
¿Dónde se ha escrito que un tipo tiene que ser bueno para caerte bien, o para que sientas interés por lo que le pasa, por lo que siente y lo que desea y lo que padece? El que haya visto a Tito Pullo reventar cabezas por dinero y rajar cuellos borracho, a Vic Mackey golpear sin piedad a un sospechoso hasta convertirle en Pavarotti, o a Tony Soprano ejecutar fríamente a un amigo traidor, sabe de lo que hablo. Sabe que todo eso le ha flipado.
¿Y qué me decís del hijoputa de Larry David y su desquiciante sentido del ordenamiento social de lo pequeño, o de su inimitable alter ego de ficción,George Constanza , posiblemente el personaje más egoísta, cabrón y ególatra que ha dado la ficción? ¿Por qué nos reímos tanto con ellos? ¿Y el imbécil redomado y perdedor nato y pobre hombre que protagoniza "The Office"? ¿Por qué nos gusta tanto? ¿Y las arpías venenosas de "Mujeres Desesperadas"?
En este país de Nachos Martines y farmacias de guardia, cuando quisieron hacer que Emilio Aragón fuera "malo", le pusieron a fumar (mal) y a ligarse a una tía a la que no volvía a llamar al día siguiente. Aquí tuvimos a una Ana Obregón de vodevil plagiando cuentos de princesas para niños. Y tenemos todavía a unos Serranos bobalicones pero buenérrimos y a unos Alcántara que parecen sacados de un anuncio de Coca-Cola (lo que no quita que sean dos series muy dignas, a su modo, pero a mí no me van).
Por suerte, llegó "Aquí no hay quien viva" y revitalizó un poco el asunto, con algunos de los personajes más cabrones que habíamos tenido en mucho tiempo de sequía (qué grande y qué malísima Loles). Fue un avance, pero parece que todavía no nos permitimos complicarnos los personajes si no es bajo el amparo de la comedia alocada, que parece que todo lo cuela mejor.
No digo que todos los personajes deban ser unos cabrones hijosputas malnacidos para que una historia tenga profundidad o interés, pero sí debe intentarse que sean tridimensionales, complejos, difíciles de explicar... reales. Ni buenos ni malos, ni blancos ni negros, ni pa ti ni pa mí...
El arte de crear buenos personajes consiste, en gran medida, en descubrir sus miserias, sus contradicciones, sus puntos flacos, sus miedos y sus iniquidades, además de sus sueños sus virtudes y sus logros. La fascinación que nos produce Tony Soprano proviene directamente de su dualidad, de su capacidad para combinar el bien y el mal varias veces al día, sin volverse del todo loco. Ahora te pego una paliza, ahora me voy a cenar con mi mujer. De hecho, admiramos su fuerza, su poder, su salvajismo, porque lo llevamos dentro, como él. Sólo que nosotros (se supone), sabemos mantener esa violencia a raya y la sacamos sólo cuando se nos atasca el cajón de la cómoda.
Asumámoslo, en el fondo todos somos un poco malos, un poco cabrones, un poco mezquinos. O mucho. Podemos imaginarnos rompiéndole la cara a nuestro jefe, o al vigilante del párking. Podemos sentir deseo de seducir a una adolescente impúber. Y seríamos capaces de visualizarnos cometiendo crímenes perfectos. La diferencia entre un asesino, un violador o un macarra es que nosotros sabemos limitar y detener esos impulsos.
Pero como guionistas, debemos aprender a reconocerlos y utilizarlos, a asomarnos al lado oscuro de nuestra cabeza, que es tan rico y tan interesante, o más, que el luminoso. Porque lo mejor que podemos conseguir con nuestros personajes es que el espectador reconozca el olor de su propia mierda en la pantalla, porque es entonces cuando se identificará y llorará con Vic al final de la primera temporada, cuando peleará con Lucio y Tito en la arena, cuando se desgañitará junto a Larry porque le obligan a quitarse los zapatos para entrar en un salón.
Los protagonistas perfectos son cosa del pasado o de historias para niños. Yo ya no quiero más "Mc Gyvers" ni "Padres forzosos". Yo quiero caña, yo quiero ver problemas de verdad, yo quiero ver violencia y sexo y envidias y amores imperfectos y egoísmos divertidos y decisiones erróneas y mezquindades ruines y cambios de humor inexplicables y conflictos de verdad...
Vamos, lo mismo que nos topamos cada día en nuestras narices, en el curro, en casa de los suegros, en la cola de Hacienda.
Pero supongo que sigo proclamando en el desierto. Menos mal que hay alguna buena gente por ahí que va haciendo piña...








un-tipo-normal dijo
La serie de Roma es espectacular, estoy ansioso por ver la segunda temporada, la de Shield la buscare, en ese estilo de series cabronas y distintas, recomiendo Weeds, Perdidos, Littel Britain, Mi nombre es Earl, Padre de Familia, etc
4 Junio 2007 | 10:03 AM