Guionízate a ti mismo

Como casi en cualquier oficio que se precie, el carácter de un guionista influye de manera directa, y a veces decisiva, en la manera de afrontar y desempeñar su tarea. Hay guionistas compulsivos que escriben del tirón páginas y páginas de diálogos. Hay guionistas obsesos del perfeccionismo que revisan una y otra vez cada una de sus líneas; o meditabundos que reorganizan en su cabeza cada trama, escena y parlamento antes de volcarlas al papel.
Los más reflexivos escriben diálogos densos, los superficiales del humor buscan el chiste fácil, los tristes de la vida escriben dramas profundos, los hieráticos dialogan con monosílabos, los imbéciles escriben historias sólo para chicos y las pesadas sólo para chicas, los cínicos se pliegan conscientemente a los mandatos de la industria renunciando a postulados artísticos personales, los más cobardes (y los más malos) se refugian en el trabajo en equipo, los egocéntricos sólo escriben de sí mismos (con frecuencia, de su infancia), los inseguros copian constantemente, y los súper entusiastas se intentan comer el mundo sin pararse a detectar los motivos por los cuales al público le importa una mierda lo que cuentan.
Como soy un poco tonto, doy por hecho que cualquier guionista, por el mero hecho de serlo, aspira a mejorar. Nunca se ha escrito o leído lo suficiente, nunca se sabe lo suficiente, cada guión debería ser siempre mejor que el anterior... Y para ello digo yo que es bastante aconsejable ser honesto con uno mismo y reconocerse las propias carencias, las manías, los errores recurrentes y las piedrecitas que nos ponemos en nuestros zapatos cuando escribimos, porque uno sólo puede combatir aquellas debilidades que se hacen conscientes.
¿Soy un perezoso del teclado? ¿Sé trabajar en equipo? ¿Me contento fácilmente con el resultado? ¿O me paso de perfeccionista? ¿Me gusta lo que hago? ¿Realizo, al menos, un esfuerzo por procurar que me guste? ¿Soy orgulloso en exceso, indeciso, irritable, tímido, caótico, cobarde de la pradera...?
Hoy, pues, y a pesar de movernos en este país y esta industria tan poco dados al ejercicio autocrítico (o precisamente por ello) me saco de la manga una llamada al acto de contrición, a la indagación personal y a la sinceridad brutal, a que cada uno reconozca la propia ración de pequeños o grandes bobotontos y vagos y soplapollas que llevamos dentro, para intentar conjurarlos y dejar un poco más sitio para ese gran guionista que seguro que llevamos dentro, aunque se esconda muy bien.
De mí mismo, así, intentaré no ocultar que tiendo a la escritura solitaria más que a las técnicas de escritura grupal (aunque son las que más practico), que economizo mis energías cuando un proyecto no me entusiasma lo suficiente, que me gusto mucho con mis propios chistes, que se me elevan con frecuencia los pies demasiado por encima del suelo, que soy pelín tocacojones con el rollo de "podríamos hacerlo mejor", perfeccionista en exceso del finiquitado y el pulido lingüístico (más conmigo mismo que con los demás), que funciono mejor en el cuerpo a cuerpo del diálogo que en el estudio analítico y pausado de la estructura (certeza que me impele, precisamente, a intentar corregirme obligándome a parar un poco) y que me empeño como un imbécil en jugar con esa arma de doble filo, ese revolver trucado de la búsqueda de la originalidad, porque me agota lo repetitivo, lo ya visto, lo ya hecho, lo que ya me suena (elementos que, sin embargo, conforman los fundamentos de la ficción televisiva, de la serialidad).
Pero si hay algo con lo que tengo serios problemas es con la autoridad. Porque el mundo me hizo así, soy mucho más exigente (como todos debiéramos serlo, pienso) con mi jefes que con los compañeros, con los mandamases que con la infantería. Predico un silogismo de andar por casa: el que gana un pastón y se lleva la gloria porque tiene una responsabilidad más importante, debe demostrar que está a la altura.
Si yo fuera un ÑU intuyo que me pasaría el día retando a duelo al jefe de la manada, manía que tengo, oyes. Aunque el ñu jefe me corneara una y otra vez por toda la estepa, seguiría levantándome renqueante y mentándole a la madre, "eh, payaso, yo lo puedo hacer mejor que tú y te lo demostraré" (suponiendo que un ñu sea capaz de hilar pensamientos tan finos).
Como soy un guionista y no un cuadrúpedo, lo que tiendo a hacer es abrir mi enorme bocaza y dejar claro a mis superiores, cuando lo considero oportuno, "que sí, macho, que vamos a hacer lo que dices tú porque eres el jefe y no nos queda más remedio, pero que sepas que a mí me parece una decisión de mierda".
Claro, cuando curras en televisión -siempre un trabajo en equipo, siempre jerárquico- esta actitud te gana más de un marrón y a la postre no es muy constructiva para nadie (ni para mí ni para mis compañeros). Así que, como todos vosotros, y no me lo neguéis amigüitos, tengo mi propia tarea personal de amejoramiento y remozado del carácter laboril, que depende del día acometo con mayor o menor entusiasmo, pero que considero irrenunciable.
Pero claro, tampoco vamos a estar hechos sólo de maldades, y también es más que recomendable reconocerse méritos y talentos. A mí, por ejemplo, no me asusta el trabajo y mucho menos el teclado, si me empeño sorteo los errores lexicográficos, puedo llegar a ser bastante entusiasta, suficientemente autocrítico (aunque a veces la autocrítica hacia lo de los demás gane a la mía propia), y cuando estoy con energía y hay que demostrar el oficio y meterse en una habitación repleta de guionistas y hay que proponer y crear e inventar y luchar contra la desidia y encontrar soluciones y alternativas y poner palabras sobre el papel, funciono como el primero. Cuando quiero, claro. Ah, y también soy humildísimo.
En fin, que les dejo, pues, con su propio trabajo personal. Les conmino a que psicoanalicen su personal guionismo y saquen sus vergüenzas a la palestra. Nos harán un favor a todos si lo hacen aquí mismo, en público, o en sus propios blogs (porque las circunstancias ajenas siempre enseñan, te reconoces en ellas), o, si no tienen arrestos, háganlo en privado, con su mamá, su novia o su perra (si no son las mismas), pero no dejen de proponerse algún día el empeño, que merece la pena, verdad de la buena. Nosce te ipsum.






TALASSIA dijo
Efectivamente el caracter del guionista es determinante en el sendero que tomara la historia.
Tambien lo es el estado de animo , el clima en el que esta el guionista; en medio de un huracan,escribiendo bajo borbotones de agua, seguro que el guionista matara al personaje principal en cualquier momento y probablemente ahogado.
26 Agosto 2007 | 09:58 PM