La Huella

Es una de mis películas preferidas desde que de niño la encontré entre la caótica videoteca de mi padre y flipé en colores ante un largometraje que consiguió dejarme clavado en el sofá con tan sólo dos actores y una localización. Creo que por aquel entonces no entendía muy bien lo que pasaba ante mis ojos; no sabía quiénes eran Michael Caine ni Laurence Olivier, ni mucho menos Joseph L. Mankiewicz (y menos todavía, escribirlo), pero una vocecilla dentro de mí me decía que me encontraba ante algo tremendo.
"La Huella", en su versión de 1976, adaptación de una obra de Anthony Shaffer, fue uno de los primeros filmes que me llevaron a descubrir que había un oficio apasionante del que no se solía hablar demasiado: el de guionista. Empecé a sospechar que debía haber alguien muy listo detrás de todas esas maravillosas palabras, alguien capaz de derrochar ingenio a porrones, por supuesto en los diálogos, pero también y sobretodo en la construcción de los personajes y de la arquitectura dramática que sostiene toda la trama.
Hace unos días fui a ver la nueva versión de "La Huella " que ha rodado Kenneth Branagh (y a partir de aquí puede que se me salgan los ESPOILERS por las orejas, así que no sigan adelante si no han visto ninguno de los dos films).
Mi mayor interés se centraba en ver a Michael Caine interpretando el papel que en su día le dio réplica en boca de Sir Laurence. Y lo que vi no me decepcionó. Caine da una lección de talento y humildad imprimiéndole estilo propio al personaje sin caer ni el la copia ni en lo forzado, y dotándolo de una credibilidad que, por desgracia, no tiene su colega Jude Law, que empieza bien (incluso en ese truco sublime de la transformación en policía, con un gran trabajo de maquillaje) pero acaba perdiéndose por los derroteros de la interpretación del método peor entendido. Mientras Caine recurre a lo mejor de su escuela británica en una interpretación contenida, exacta, milimétrica, Jude se deja llevar por los cacareos, los gimoteos y las contorsiones imposibles. Sí, ya sabemos que eres muy flexible y muy guapo. Una lástima, oyes.
Pero lo más llamativo de esta adaptación son los cambios respecto al libreto original, especialmente en lo que se refiere al tercer acto de la historia. El responsable de estos cambios es el premio Nóbel Harold Pinter, quien en principio parecía bastante adecuado para enriquecer una historia en la que la lucha de clases tiene tanto peso.
Pero lo que en el film original era un último y definitivo duelo de ingenio en el que Milo Tindle vencía y humillaba por segunda vez al inteligente y pagado de sí mismo Andrew Wyke, se convierte aquí en un juego sexual de difícil lectura. El maduro Sr. Wyke intenta seducir a su joven enemigo, ofreciéndole vivir con él. Milo le sigue el juego, haciéndole creer que está dispuesto a iniciar el romance, hasta que pone las cartas sobre la mesa humillando al viejo, al que ha conseguido engañar de nuevo.
La persona que me acompañó en el cine y yo estuvimos de acuerdo en que había dos cuestiones importantes mal planteadas en este tercer acto.
1-La primera es una duda abierta: ¿Es realmente Andrew Wyke un homosexual reprimido? ¿Intenta seducir realmente al jovencito, o es una trampa más para engañarlo y quedar por encima de él? La interpretación de Caine es correcta, ambigua, admite ambas posibilidades, como debía ser. Hubiera sido responsabilidad del libreto o del director, creo yo, dirimir esa cuestión, bastante relevante. Si asumimos que la seducción de Wyke es auténtica (y yo creo que esto era lo que se pretendía mostrar) estamos cambiando el personaje presentado, al mismo tiempo que se resquebrajan algunos de los motores que sustentan las motivaciones de los personajes en los dos primeros actos (la pugna por la posesión de la mujer, la envidia fálica, el deseo de dominación...). Y, si no es así, entonces no queda claro que Caine está ejercitando un nuevo truco, una farsa que le sale mal y cuya derrota provoca el disparo final.
2- Milo descubre el juego de su maduro oponente y decide engañarle, pero la interpretación de Law hace que este engaño resulte evidente para el espectador desde el principio. Un público inteligente sabe que los lloriqueos del personaje no son reales, al igual que debería descubrirlo un hombre inteligente como es Wyke. El juego de engaños y sorpresas que sustentaba el film original es aquí roto por una elección fallida, y el director escamotea así al espectador el placer de ser sorprendido de nuevo, el jugoso sabor de la duda durante esos minutos en los que podríamos no saber quién engaña a quién.
Hay algunas otras cosas que me sobraron, como el inútil flashback que muestra lo que pasó entre los dos hombres una vez que el joven despertó de su desmayo inicial. Tampoco queda muy clara la postura que ha tomado la mujer originadora de la pugna. Printer decide que sea ella la que llega a la mansión en el último instante del film, en lugar de la policía como en la versión de Mankiewicz, lo que resultaba, creo yo, una derrota más clara, potente y definitiva.
En cuanto a la comentada realización, para mi gusto resulta demasiado visible. Si bien algunos planos me hechizaron (la llegada a la casa con los dos coches compitiendo ya entre sí, las llamas jugando sobre los contendientes...) en general tanto encuadre forzado y tanto juego con las cámaras de seguridad me sacó de la historia más de una vez. Me da la impresión de que Branagh intenta suplir el carácter "teatral" de la historia por medio de encuadres y montajes abigarrados, sin comprender, como sí lo hizo Mankiewicz, que la propia fuerza de los personajes, de los acontecimientos y de los diálogos, combinados con una habilidosa puesta en escena que mueve a los personajes de una habitación a otra, ya hubiera sido suficiente.
El engaño del disfraz es presentado desde una cierta cautela, ocultando la cara del falso policía durante unos minutos, lo que no hace sino suscitar interés y recelo en el espectador, que, creo yo, mordería más fácilmente el anzuelo si se le presentara al personaje de un modo más sencillo. Sin embargo, he de decir que mi acompañante cayó totalmente en el engaño, afortunada ella que acudió virgen de información.
Hay alguna que otra trampa flagrante, como el disparo de fogueo que lanza a Milo contra la pared, exagerado e innecesario, o la facilidad con la que el dueño de la casa controla los diferentes dispositivos con un único mando. No creo que exista todavía un gadget semejante (pero si existe, lo quiero).
Tampoco me acaba de convencer el decorado, forzosamente modernizado, como es lógico en una actualización de la historia, pero mucho más teatral y falso que si hubieran utilizado una casa más "normal".
Pero en lineas generales, lo que más eché en falta fue el sentido del humor que tenía la primera adaptación cinematográfica. Los "gadgets" de la época que Wyke utilizaba para reírse de sus víctimas, como el marino reidor, se sustituyen aquí por sofisticados pero fríos trucos de salón. Se han perdido también detalles como el hecho de que Wyke convenza a Milo de ejecutar su robo vestido de payaso. Los diálogos siguen siendo mordaces e incisivos, pero ya no son tan divertidos. Todo es más oscuro, más lóbrego, más sucio...
A pesar de todo esto, no deja de ser un film muy recomendable para aquellos, sobre todo, que no hayan visto el original. Yo personalmente no tengo nada en contra de las adaptaciones, no me parecen ni buenas y malas en sí mismas, todo depende de cómo se lleven a cabo. Una buena historia debe ser una argamasa dúctil con la que un creador puede jugar y encontrar soluciones y formas personales, únicas, que abran nuevas posibilidades, nuevas lecturas, al igual que un tema musical puede despertar sensibilidades muy distintas dependiendo de quién lo interprete.
Y si no, escuchen estas dos versiones de un mismo tema: "Try a little tenderness", en su versión de Frank Sinatra y la de Andrew Strong en "The Commitments". Dos joyas inimitables, que parten de la misma base, pero que son absolutamente distintas.





Magro Rumí dijo
Y ahora es cuando, tras leer todo el post, lamento no haber visto la película.
28 Octubre 2007 | 11:49 PM