Brasileando

Pocas cosas hay más tediosas en un blog que contar las torpezas diarias y los aburridos itinerarios del blogger, que no suelen interesar a casi nadie más que a sí mismo. Pero como me siento desconectado de ustedes, y para que vean que todavía no he muerto (disculpen la decepción), les dejo este aburrido post, con la esperanza de que alguno de ustedes lea más de tres líneas (si han llegado hasta aquí, ya lo han hecho). Me limitaré a explicarles algunas cosas que he aprendido de este gran país (metafórica y geográficamente) llamado Brasil.
Aquí las entradas de cine tienen precios que varían entre los nueve y los quince reales, o sea, aproximadamente entre cuatro y seis euros y medio. Lo que más me llamó la atención fue que en los tickets se especifica claramente la cantidad exacta de ese importe que se destina a derechos de autor: 0,23 reales en una entrada de 9, y 0,38 en una de 15, es decir, el 2,5 por ciento del total, nada menos.
Aunque el doblaje es habitual en televisión, no así en los cines, donde se proyectan las películas extranjeras en versión original subtitulada en portugués. Entre mi inglés nivel chapurreo mal entendido y mi portugués leído a ritmo de placa tectónica, pude apañarme para entender bastante bien las dos pelis de las que disfruté.
He descubierto que también en Brasil, e incluso en época veraniega, puede hacer mal tiempo, pese a lo que juran las agencias de viajes. El sol me acompañó en Río de Janeiro los dos primeros días, tiempo más que suficiente para alcanzar el nivel de cangrejo al punto (en realidad la defectuosa aplicación del ungüento antisolar del 30 provocó que dos tercios de la espalda quedaran poco hechos, y un trozo bajo las costillas llegara al nivel de churrasco). Pero al tercer día las nubes quisieron participar de mis vacaciones, permitiéndome, al menos, paseos no demasiado calurosos, que en Sao Paulo se convirtieron de vez en cuando en paseos pasados por agua.
Otra cosa que yo desconocía es que determinadas circunstancias atmosféricas pueden provocar la acumulación de volúmenes nubosos alrededor de ciertas elevaciones del terreno, tales como el famoso Pan de Azúcar. Esto es lo que se podía ver desde abajo...

Nada demasiado grave, cuatro cirros mal paridos no podían aguarnos la fiesta. Pero es que conforme te ibas acercando a bordo del teleférico, esto es lo que encontrabas.

Así, una vez arriba esperaban un centenar de turistas ansiosos que oteaban el horizonte intentando ver más allá de la delgada pero espesísima capa de humedad circundante que impedía disfrutar de las vistas. Cuando una racha de viento abría las nubes fugazmente, las cámaras fotográficas disparaban como si no hubiera mañana, en una suerte de orgía digital en la que no se escatimaban energías (“total, si sale mal, la borro”: la gran frase del turista del siglo XXI). Por supuesto yo era uno más de ellos, aunque al menos formaba parte de un pequeño contingente consciente de la situación, capaz de reírse de la estupidez humana, propia y ajena.

Más de lo mismo sucedió en la visita al Cristo Santo que domina la ciudad de Río desde las alturas. Aquí las vistas eran ya impenetrables, los turistas sólo clamaban por poder ver la gran escultura, custodiada por una niebla cruel e inhóspita.

Cuando dios se cansaba de la broma y levantaba de un plumazo la bruma, se originaba un coro de gritos entusiastas, mezcla de alivio, emoción contenida y obligada fascinación estética. Y las fotos registraban hasta el último pelo del Cristo. Yo tengo una foto de su sobaco. Cuando las nubes volvían a cerrarse, un desolado “oooh” general se dejaba caer hacia la ciudad. Así que yo me entretuve más con el espectáculo humano que con el colosal icono cristiano, que no por grande es mucho más divertido. (Por cierto, obsérvese en el subsiguiente documento gráfico a los dos presuntos españoles posando con la portada de “El Jueves” de esta semana. Yo también me la compré, pero no estuve listo y no se me ocurrió posar con ella).

He aprendido también que Brasil es un país muy compartimentado. La diversión y el turismo se centran sobre todo en Río, los negocios en Sao Paulo, y la política en Brasilia, ciudad sorprendentemente joven, que fue construida desde cero a mediados del siglo XX, con el propósito de crear una gran urbe (artificiosa, puramente pragmática) que concentrara el grueso de la actividad política y estatal.

Río es la ciudad de la eterna Saudade, sentimiento parecido a la nostalgia, pero más optimista, que mezcla la alegría del recuerdo, la añoranza de lo perdido, y la esperanza del reencuentro. Es el espíritu que impregna la Bossa Nova, esa mezcla de tristeza asumida y alegría vital que se apodera de ti cuando ves alejarse por la calle el pompis perfecto, inesperado, lleno de vida y movimiento, de alguna brasileña.

Río es, más que nada, Ipanema y Copacabana, playas inacabables donde los oriundos pasan las horas, ligotean, hacen deporte y se ponen cachas (ellos) y macizas (ellas). Río es la música, también. Tuve el placer de escuchar a los hijos de Tom Jobim interpretando los temas de su padre en un garito cool de la playa de Ipanema, poniéndome un poco ciego en mi empeño por las caipirinhas. He comprado discos, por supuesto, y un documental magnífico sobre Vinicius de Moraes (eso sí, zona 4, tuve que ponerme listo para poder verlo en mi portátil).

Y yo que no lo sabía. Va y resulta que uno de los principales impulsores de la Bossa Nova es este señor Vinicius de Moraes, poeta, embajador, embaucador, cantante del Carpe Diem, mujeriego hasta decir basta, borracho pendenciero bebedor de whisky. Resulta que son suyas muchas de las mejores letras de la música brasileña del último medio siglo. Resulta que no quiso hacerse rico, que sólo quiso vivir y vivir y vivir, aun a costa del sufrimiento inevitable. “Es mejor vivir que ser feliz”, dijo en uno de sus temas. Un traductor americano le intentó corregir: “querrás decir “es mejor vivir y ser feliz”. No le entendían.
Sus amigos Chico Buarque, Tom Jobim, Caetano Veloso, Toquinho y tantos otros le cantaban en sus noches de parranda “si tienes muchos vicios, te llamarás Vinicius. Si además son amorales, te llamarás Vinicius de Moraes”. Cantó sobre los escenarios hasta cerca de los 70 años. Se sentaba frente a una mesa con una botella de whisky y un micrófono, y charlaba con el público entre canción y canción, y así se quedaba hasta el final del concierto, que siempre terminaba borracho y desafinado. ¿Pero a quién le importaba?

Después de unos días en Río viajé a Sao Paulo. Aquello era otra cosa. Sao Paulo te recibe sin miramientos, es la puta fea y gorda que abre la puerta del burdel. Joder, cuánta fealdad. Los gigantes grises se echan sobre ti con sus millones de ojos cristalinos, las avenidas te estrangulan la mirada, los automóviles te señalan con el dedo, riendo.
Es una ciudad donde no parece quedar sitio para el hombre, un laberinto que ha cedido sus rincones oscuros a los ciudadanos-ratones, que se escurren por estrechos agujeros frotándose los unos con los otros a la búsqueda del último saldo, del próximo negocio, de un hálito de vida atrapado en las rendijas que son el cielo. Los peatones son obligados a ceder el paso a las máquinas que asoman el morro desde los garajes, el aire infecto se filtra entre antenas gigantescas que lo vigilan todo, como gigantes quijotescos, pero aquí vencedores y ufanos.
Pero poco a poco la ciudad se te abre. Y descubres los museos, las librerías enormes, las cafeterías y restaurantes, los músicos, las vistas altísimas, los mercados bulliciosos, pinacotecas, Iglesias y parques. Y poco a poco comprendes que, por difícil que parezca, el corazón puede encontrar acomodo, como en cualquier otra parte, en el pecho del amigo, en el festival de los niños que crecerán rápido, en la complicidad de las miradas. No todas las sonrisas son cínicas, o pagadas, o deformaciones en los cristales refulgentes. Aquí, más que nunca, el hombre es hombre. Entre tanta inhumanidad artificial, el único asidero está en la mano que se cruza con la tuya, en el encuentro definitivo en el reposo de la noche o en la comida compartida con gusto. Aquí no hay creación divina a la que equipararse. No se encuentran montañas bendecidas por la belleza, acantilados altivos ni mares de arboledas. Acá es la mujer, y es el hombre. Y todo cuanto pase con ellos.




Ahora me encuentro en mi jornada de reflexión particular. En cerca de 20 horas voy a visitar cuatro aeropuertos distintos. Espero no acabar tirándome de los pelos. Tampoco sé si podré publicar esto antes de llegar a España. Sea como sea, les saludo a ustedes, inteligentes amigos, y prometo volver pronto a las andadas, en cuanto me recupere, mal que a algunos les pese.




Yurchf dijo
Hola!
Me encantaría ir a Brasil, espero poder visitarlo en breve.
Es curioso lo de las entredas de cine.
¿Que puedes adelantarnos de la incorporación de "Pepa y Avelino" a "La familia mata"?
Héctor
Futuro guionista hastiado
11 Diciembre 2007 | 12:36 AM