Quién revisa al revisor

Últimamente varios guionistas más o menos noveles me han comentado que les han ofrecido la posibilidad de trabajar en departamentos de ficción de algunas de las grandes cadenas de televisión. Estos departamentos internos son los que coordinan, vigilan y gestionan el trato con las series (y, en ciertos casos, con los filmes coproducidos). Algunos de estos compañeros están tratando de conseguir un trabajo como guionistas, y tenían dudas respecto a si aceptar o no un puesto centrado en la lectura y el análisis de ideas ajenas, donde la creatividad, por lo general, queda en un segundo plano.
Lo gracioso de todo esto es que algunos de estos guionistas habían enviado pruebas de guión a ciertas series en las que no habían logrado pasar el filtro, y sin embargo tenían acceso a un puesto de trabajo donde podrían opinar, influir o incluso decidir sobre los guiones de esas series para las que no consiguieron ser contratados. Evidentemente, no iban a ocupar puestos directivos en esos canales, pero muchas de las decisiones que se toman en las cadenas respecto a qué rumbo debe tomar una serie, o qué proyectos salen adelante, están basadas en informes realizados por estos jóvenes entusiastas que se dejan la piel leyendo páginas y páginas de guiones, muchas veces terribles.
Éste es sólo un ejemplo que incide en algunos de los problemas más flagrantes de la ficción televisiva de este país, que tienen que ver con el habitual desfase y desencuentro que se da entre los creadores de una serie y la cadena que la compra. Mientras que los guionistas "serios" sueñan con escribir "The Wire", "Los Soprano" o "CSI", las cadenas sueñan con repetir "Cuéntame" o "El Comisario". Mientras que a los guionistas de comedia nos gustaría escribir "Arrested Development", "Curb your enthusiam" o "The office" (otra cosa es que supiéramos), las cadenas piden "Los hombres de Paco", "Aída" y "Aquí no hay quien viva" (con todos los respetos para estas series con tantas cosas que me gustan, pero el desfase en las aspiraciones es evidente).
Mientras que en EEUU las productoras son las que se dedican a producir las series, y las cadenas, a emitirlas, aquí el proceso creativo se expande como un globo y atañe a diferentes equipos, de tal forma que las cadenas asumen como propia no ya la decisión de comprar o no un producto, sino la tarea de resolver y encauzar sus guiones, y las (tantísimas) productoras, ansiosas por vender sus proyectos y llevarse bien con los compradores, entran al trapo sin despeinarse. Cosas de la oferta y la demanda.
El problema no es tanto quién tiene más criterio a la hora de tomar decisiones creativas (¿Cuál es el tono de la serie? ¿Qué personajes funcionan mejor? ¿Tiene que haber mucho de llorar, o mucho de reir? ¿Cuántas tetas ponemos por capítulo?). De hecho, muchas veces las cadenas tienen mejores criterios (tengo unos cuantos amigos y amigas que trabajan en estos departamentos y de cuyo talento no tengo dudas). Lo jodido es que el proceso de toma de decisiones se dilata de una forma excesiva. Las cadenas suelen opinar sobre guiones ya escritos, lo que implica que un cambio brusco de dirección puede afectar a guiones requeterematados. Incluso aunque ese giro repentino sea acertado, sus consecuencias son siempre las mismas: varios capítulos reescritos rápidamente, de manera chapucera, sin tiempo para mimar los detalles y corregir los errores. Y, en lo que a mi experiencia respecta, no hay duda: siempre lucirá más un guión con una premisa más floja que ha sido trabajado concienzudamente, que uno que parte de una idea más brillante pero que se ha escrito rápido y mal (y esto, en aquellos casos en que realmente se opte por una idea brillante que mejora la serie, que son muy pocos).
Ya lo he dicho muchas veces: para mí, uno de los mayores problemas de la ficción de este país tiene que ver con la falta de previsión, con la racanería en los tiempos de la preproducción, con el desdén por los pilotos, con la falta de mimo en los mapas de tramas, en las escaletas, en todas esas cosas que se hacen antes de ponerse a escribir diálogos como locos y para las que nunca hay tiempo, entre otras cosas porque todo se cambia diecisiete veces, porque hay que satisfacer a demasiadas cabezas pensantes (coordinador, productor ejecutivo, jefe de ficción de la productora, analista de la cadena, jefe de ficción de la cadena...). Y al final de esa loca loca carrera en la que tienes que dejar contenta a tanta gente (que hace que nuestro oficio y el de meretriz sean comparados tantas veces), con frecuencia uno se da cuenta de que por el camino nadie se ha acordado de pensar en el público.
Si nos ponemos nihilistas podemos decir que en guión nadie sabe nada. Es posible. Pero entonces mucha gente junta sólo sabe más cantidad de nada. En fin, sé que es predicar en el desierto, pero como llega a mis oídos que algunos de esos miembros de los departamentos de ficción de las cadenas me leen de vez en cuando, les pediré, desde mi más humilde humildad (que tampoco es tan humilde, vale) que nos dejen a los guionistas hacer nuestro trabajo (bastantes trifulcas tenemos ya dentro de los propios equipos), que confíen en que nuestros errores no serán más numerosos, ni más morrocotudos, que los suyos, sólo serán distintos, y tendremos más tiempo para corregirlos. Es cierto, pues, que nos equivocaremos, pero si se toman las decisiones diecisiete veces, se corre el peligro de equivocarse diecisiete veces, mientras que acertar diecisiete veces no creo que sea algo muy posible, o al menos no muy probable (excepto si se trata de mí cabreando a gente con mis posts, que no fallo una, oyes).





Ségo dijo
je n'ai pas compris... N'importe quoi.
18 Marzo 2008 | 11:51 PM