Indiana Jones Vs. El Juez Feng

En primer lugar deseo expresar mi profunda desazón por no ser capaz de postear con más regularidad (y tino). El trabajo, los viajes, la familia, las amistades y las querencias varias no son sino esas cosas incómodas que se entrometen en el verdadero propósito de mi vida, que es solazarles a ustedes con éstas, mis líneas.
Aclarado esto, les diré que en la última semana pude disfrutar de dos sesiones cinematográficas enfrentadas, situadas en las antípodas del espectro cinematográfico. La primera fue, cómo no, la nueva entrega de Indiana Jones y su tontería de cristal. No sé si se van a meter conmigo los frikis o me van a hacer la ola cuando diga que me resultó infantil, tonta, mal planteada y muy poco atractiva. No me interesó la historia, no me sedujo un personaje que ya me tenía seducido de antemano, no me gustó nada el final y no me creí casi ninguna de las peripecias físico-acrobáticas (ese espadacheo absurdo justificado en un diálogo forzadísimo e informativísimo) y las peleítas persecutorias (excepto la fuga en motocicleta, uno de los pocos momentos que me recordó al viejo Jones de siempre).
Spielberg se equivoca de plano al rodar para los niños –o los abuelos- de hoy, en lugar de hacerlo para los de hace veinte años, que somos los que queríamos revivir el mito (y tenemos dinerito con el que podríamos haberle comprado muñequitos). Es evidente que la edad nos hace a todos maduros, sesudos y listos, y que no es fácil volver a experimentar las mismas sensaciones de peligro, aventura y excitación hormonal que tuvimos a los quince, pero tampoco era necesario hacerlo tan evidente.
Eso sí, para que no todo sea malo, diré que Indiana Jones y La Calavera de Cristal es una película entretenida de puro movimiento. Mucha acción, muchos golpes, sorpresas, bichos y viajes motorizados que ayudan a pasar el rato y que te dejan pegado a la butaca gran parte del metraje.
Tal vez para curarme del ataque de comercialismo, al día siguiente acudí a ver “El último viaje del juez feng”, film chino, rayano en lo documental, que cuenta el viaje que un maduro juez del estado realiza por los pueblos de una provincia perdida cuyos habitantes apenas saben nada de un gobierno burócrata y lejano.
Feng transita por los caminos acompañado de su fiel compañera de viaje, que está a punto de ser obligada a jubilarse, y de un joven aprendiz de juez, recién licenciado, que va a encontrarse con su futura esposa. En cada pueblo que visitan organizan modestos juicios a los que intentan dotar de cierta magnificencia. Un cerdo que ha hocicado en la tumba del vecino, una divorciada que sigue viviendo en casa de su ex marido, dos cuñadas que discuten por una vasija heredada... Conflictos pequeños pero que el juez sabe que en un pueblo de cuatro casas pueden convertirse en el germen de un odio ancestral entre familias.
Todo en el film, dirigido por Liu Jie, huele a auténtico, humano, creíble. Los actores trabajan bien, incluso aquellos que claramente no parecen profesionales. La historia interesa, y esconde una ácida crítica a un sistema comunista que vive alejado de la realidad rural (a pesar de lo cual el film no tuvo problemas para ser rodado; al contrario, el gobierno chino recomendó su visionado a los jueces rurales para que aprendieran cómo hay que manejarse en los pleitos).
A pesar de todo esto, y tal vez influido por una resaca poco inocente, reconozco que cabeceé un poquito a lo largo de la proyección. Ritmo lento, largos planos sin diálogo, estructura algo errática y puesta en escena con pocas pretensiones de impactar, hacen que la película pueda resultar algo pesada.
Es curioso, así, que la película que más me entretuvo, la Indianajonesada, era la que claramente me pareció más floja. Y viceversa: el juez Feng me parece una propuesta brillante pero me arrancó bostezos intermitentes.
¿Debe, pues, el buen cine ser lento, aburrido, sesudo, olvidarse de cualquier pretensión de atrapar al espectador y resultar rentable? ¿Debe el cine comercial renunciar a la construcción de personajes, a los sentimientos y conflictos pequeños y complejos, a la posibilidad de epatar con algo más que con explosiones y sustos?
Cuánto echo en falta el punto medio. Que el buen cine también puede entretener nos lo han demostrado tantas veces que estas preguntas ya casi me molestan, porque han sido respondidas hasta la saciedad. Ford, Hitchcock, David Lean, Wilder, Kurosawa, Peckinpah, Scorsese, Kubrick, Woody Allen, Clint Eastwood y tantos otros han gritado al viento que el cine comercial no tiene por qué ser vacuo, y que el cine de calidad no tiene por qué ser exclusivista ni petardo.
Pero parece que industria y crítica se empeñan una y otra vez en dividirnos en dos bandos. Las productoras demandan lo que ellos llaman “taquillazos”, asegurando que el cine de calidad no hace dinero. Las subvenciones recalan en lo que se denominan “películas autorales”, creyendo que lo que da dinero, no puede ser muy bueno. Los guionistas nos debatimos entre la posibilidad de escribir pésimos guiones “que se vendan” o guiones más personales y arriesgados “que nadie quiere rodar”. Los que se atreven a tirar por la calle de en medio suelen salir escaldados, porque o bien terminan rodando películas que no se estrenan o no se promocionan, o acaban viendo su proyecto convertido en algo que no tenía que haber sido. Y también, claro, porque intentar crear algo bueno y bonito y divertido y profundo no resulta precisamente fácil. Pero no habría que dejar de intentarlo, ¿no?





J. Sanz dijo
Maldito dinero...
Y esto del ine que antaño era un arte...
1 Junio 2008 | 04:18