El slapstick es un tipo de comedia visual relacionada con cierta forma de violencia paródica, un lenguaje cómico cuyo léxico está compuesto de golpetazos, caídas, patadas, empujones y atropellos. Sennet, Keaton, Fatty, Chaplin, Harold Lloyd y otros muchos hicieron del slapstick un arte y un modo de entender el cine, en el que la violencia cómica se ponía al servicio de unos personajes -casi siempre luchadores perdedores- que lograban emocionarnos, enternecernos, encandilarnos y sobre todo divertirnos, por medio casi exclusivamente de la interpretación gestual.

Cuando la comedia de situación televisiva dio sus primeros pasos, a comienzos de los 50, recogió parte del legado de muchos de los mejores cómicos del cine mudo. Sin embargo, poco a poco la comedia verbal fue ganando peso debido a las dificultades que entraña el humor visual, que exige siempre:

- Tiempo. Para preparar el gag, para rodar las tomas necesarias hasta conseguir la perfecta (Chaplin era capaz de rodar hasta 70 veces un mismo gag).

- Buenos actores. El slapstick exige habilidades interpretativas que van más allá de lo narrativo. Dominio del cuerpo y la gestualidad y una agilidad que bordea lo circense. Muy pocos actores hoy en día están a la altura.

- Infraestuctura. Objetos, vehículos o incluso casas que se estropean, que explotan, que se vuelven contra el hombre. Colchonetas, arneses, artefactos mecánicos, fuego, agua, maquillaje, vestuario repetido que debe mojarse/mancharse/estropearse... Todo esto incide en el tiempo y, por supuesto, en el dinero necesario para rodar...

-Un buen director. Que sepa, sobre todo, imprimir el tempo correcto al gag y ajustar el tono de la interpretación para exagerar sin excesos. La contención interpretativa -recordemos a Keaton- es parte del secreto del éxito. Una realización poco acertada puede, además, hacer que el gag fracase. Por lo general la comedia física exige planos amplios y poco montaje, algo que parece contradecir algunos estándares televisivos.

Todas estas complicaciones hicieron que poco a poco la comedia visual fuera desapareciendo de las pantallas cinematográficas y, por supuesto, de las televisivas. Uno de los pocos reductos de supervivencia del slapstick fue la animación. Los Picapiedra, Tom & Jerry, Tex Avery... mantuvieron el legado de los maestros del cine mudo gracias a un formato que, por una parte, facilita la creación de escenarios, accidentes y acontecimientos violentos, y que, sobre todo, permite la afinación exacta en la ejecución de los gags. La comedia visual es una cuestión de ritmo, de tempo, y el animador tiene un absoluto control sobre él, con lo que su único impedimento es el límite de su talento para acertar con la plasmación de los movimientos de sus personajes.

Todo esto viene a cuento de que ayer pude ver Wall-e, film de Pixar recién estrenado y del que seguro ya han oído hablar suficiente como para que yo les cuente nada demasiado nuevo. Solo les diré que a mí (y a un par de compañeros con los que coincidí en la misma sesión), me gustó más que los huevos con chorizo, y me hizo disfrutar como sólo el buen cine puede hacerlo.

Wall-e tiene la peculiar circunstancia de ser unapelícula prácticamente muda (en una industria como la cinematográfica estadounidense, estoy seguro de que a más de un ejecutivo se le fundieron los plomos al oírlo), lo que implica que casi toda la información que se le ofrece al espectador está contada cinematograficamente -en el mejor sentido del término-, es decir, por medio de la imagen,la elipsis, el montaje, los -ingeniosos- recursos visuales y la interpretación de los personajes. Porque no por ser virtuales, dejan de interpretar. Muy al contrario, la emoción y la personalidad que consigue transmitir el robotito de marras es fruto de una dirección maravillosa que ha sabido canalizar el talento de los animadores para que todo repercuta en beneficio de la historia.

Andrew Staton,el director (que ya me convenció con la divertida aunque algo más infantil "Buscando a Nemo") dice que se pegó un año viendo películas de Chaplin y Keaton. Habitualmente este trabajo de "inspiración" suele suponer una excusa para tocarse las pelotas (no me pregunten sobre qué series se visionaron durante meses antes de pergeñar "Aída"), pero en este caso se nota el resultado, y además para bien. Cuando vean al pequeño Wall-e tropezándose nervioso sin saber cómo comportarse ante el objeto de su amor, piensen para sus adentros "Buster Keaton", y acertarán.

No se trata sólo de que los trompazos y las caídas estén perfectamente ejecutadas (e incluso más justificados, al tratarse de un robot que, se supone, es más duro que un ser vivo), sino que las reacciones, los sentimientos y los impulsos del personaje son humanos y reconocibles a pesar de estar planteados por medio de gestos "mecánicos" y leves ruiditos subrayadores.

Pese a un inevitable tono algo infantil del que desgraciadamente las producciones de animación no consiguen desprenderse, las películas de Pixar han conseguido que sea la historia, y no la animación, la protagonista de sus largometrajes. Y eso a pesar de que la puesta en escena, la realización y la dirección artística son brillantes (huyendo, aunque no totalmente, del mundo colorinchi y pastelón y del tono aleccionador de su mucho más pobre antecesora "Robots"), con lo que estoy seguro de que podría volver a ver la película y disfrutar aún más fijándome en millones de detalles que me pasaron desapercibidos.

En resumidas cuentas, que se la recomiendo, pero por favor vayan a verla en versión original. Según tengo entendido, en el doblaje al español han destrozado todos los ingeniosos sonidos creados por Ben Burtt (responsable del lenguaje de nuestro entrañable R2D2), introduciendo un lenguaje claro y poco robótico en los protagonistas. Qué chapuzas se hacen en este país eurocopero, ¿no?