Los cineastas ciegos

Qué pena. Qué lástima. Mi amigo Sergio me regaló el libro las pasadas navidades, y oye, que me gustó mucho. Cuatro historias mínimamente entrelazadas, cuatro derrotas de la postguerra que nos hablan de los que no ganaron o no quisieron ganar, de los que murieron, de los que mataron y de los que sobrevivieron a pesar de todo (incluso de ellos mismos).
Y va el señor José Luis Cuerda y decide hacer una película sobre tan interesante libro, y la hace mal, mal. Primero, porque escoge contar sólo dos de las historias. Y una de ellas, la más descarnada en el libro, la de una pareja joven que escapa de los nacionales huyendo a través del monte y se encuentra atrapada por un parto prematuro, se queda en la película en una mera anécdota contada en menos de cinco minutos, en menos de cinco escenas repartidas por el metraje como gotas de orín esparcidas sobre los azulejos de un bar pijo latinero. Increíble, una estafa. La otra narración elegida -un diácono salidillo se emperra por una madre supuestamente viuda que en realidad esconde a su marido republicano en casa-, quizá la menos interesante de todas las de la novela, es estirada y maltratada aquí hasta hacer desaparecer ¡alehop! cualquier atisbo de interés que pudiera haber tenido.
Las conversaciones del curilla con su superior, largas, aburridas, innecesarias, abren y cierran una película mal planteada desde el principio porque se centran en un conflicto -el del susodicho diácono- bastante poco interesante para nadie, en lugar de hablarnos de las agonías de los atrapados por la derrota. Mucho bla bla y poco cine, mucho lamento y poca acción. Sólo el buen saber de Maribel Verdú, que está estupenda -perfecto ejemplo de que algo se debe aprender después de enseñar las tetas en 400 películas- y ciertos momentos de Javier Cámara -aunque algo desaprovechado y afectado, empieza a ser difícil creerle en papeles de hetero- y el niño Roger Princep -sí, el resabidillo del orfanato, que aquí está fresco y divertido como debe de estar un niño de su edad- me animaron a no abandonar la sala -algo que otros asistentes sí hicieron después de molestar durante diez minutos con murmullos de desaprovación.
Raúl Arévalo me gusto sólo en algunos momentos hacia el final en los que el personaje se deja llevar por sus sentimientos de rabia, envidia, lujuria e impotencia. Pero por lo general no me convence la reconstrucción que hace de un personaje reprimido, contradictorio y relamido que sólo un gran oficio podría haber evitado que cayera en el falsete.
¿Qué ha pasado? ¿Dónde está el Cuerda de "Amanece que no es poco" y "El bosque animado"? ¿Tan abuelito se hizo? ¿Dónde quedó el Azcona de "Plácido", "El verdugo", "El cochecito", "La vaquilla" o "La escopeta Nacional"? A Don Rafael, que en paz descanse, sólo supe encontrarle en dos fugaces minutos protagonizados por un vetusto y quejicoso cura director de escuela que se enrabieta sanamente con todo, los dos momentos más divertidos -¿y únicos?- de todo el film.
Qué pena. Qué lástima. Qué desilusión. Y por si fuera poco, cometí el error de ir a verla a los sobrevalorados cines Ideal, en los que las paredes de papel nos obligaron a soportar el Sorround explosivo de "Hell Boy II" colándose por entre los murmullos de los republicanitos escondidos entre libros de poesía. Cuánta incomodidad. Qué pereza y qué rollo que los que se quejan del cine español tengan tanta razón tantas veces.
(Y por cierto, miren ustedes, la del niño diablo todo rojo con puño bruto también la he visto, y me ha hecho disfrutar. Será un poco tontorrona, será un poco de mentiras, pero al menos no intenta engañar a nadie -tampoco podría, o al menos a mí, que soy un listo).




Ruth dijo
Yo no he leído la novela pero aprecio en la película todos los defectos y las virtudes que comentas. Añado que hay un monólogo furibundo y explicativo de Javier Cámara que no tiene ni pies ni cabeza.
A pesar de todo, el trailer me había hecho esperar mucho menos así que por eso al final terminé llevándome una impresión de "aprobado por los pelos".
2 Septiembre 2008 | 11:11 AM