La clave está en los guionistas
La Revista Tiempo publicó esta semana un artículo sobre las series americanas para el que amablemente me pidieron colaboración. Desgraciadamente para todos, un imprevisto adelanto en la fecha de publicación imposibilitó que mis aceradas e irrenunciables aportaciones fueran incluidas -exceptuando una breve mención a este blog- hecho por el que el periodista tuvo el detalle de lamentarse y disculparse, anotando que las dificultades que padecemos guionistas y periodistas tal vez no distan tanto.
Para que nadie se quede en ascuas, y además de poneros el enlace al reportaje, os adjunto las preguntas que me lanzaron con sus correspondientes respuestas, que vienen a tocar básicamente los mismos temas de siempre. Hastiado del mejor y del más innecesario, oyes, mucha pedantería, reflexión vacua y plañiderismo, nobleza obliga.
¿Por qué "Guionista hastiado"? ¿Es desencanto con la producción nacional de ficción en la televisión?
El blog surgió, efectivamente, como consecuencia del fracaso estrepitoso de una serie producida por El Terrat para Antena 3. Fue un proyecto ilusionante que reunió a un grupo de grandes profesionales con intención de hacer un producto consistente, pero que se acabó malogrando a causa de multitud de problemas que resumen, en líneas generales, muchos de los aspectos a mejorar en nuestra ficción, tanto en lo referido a resultados como a sistema de trabajo.
Evidentemente, el “Guionista Hastiado” es un personaje surgido de un determinado momento de frustración ante las dificultades que existen en nuestro país para hacer una televisión más compleja y moderna, lo cual no significa que nuestra industria no cuente con multitud de aspectos positivos y, de hecho, se ha ganado la atención de millones de espectadores que cada noche se sientan frente al televisor para disfrutar de sus series favoritas.
¿Qué le gustaría cambiar en este sentido en España?
De todos esos problemas de nuestra industria hablo extensamente en el blog. Respecto a posibles soluciones, tal y como yo lo veo convendría hacer un mayor hincapié en que son las historias y los personajes los que cimentan una ficción, en lugar de considerar las series como “acontecimientos mediáticos” sustentados por determinados actores famosos –no siempre solventes, a veces ni siquiera actores- y campañas de publicidad agresivas -no siempre eficaces. Los intérpretes son imprescindibles y decisivos en cualquier ficción, pero hoy en día la exigencia de las cadenas de contar con caras conocidas implica que el cásting de una serie a menudo supone hasta el cincuenta por ciento del presupuesto total, lo que significa siempre menos dinero para escribir y rodar.
Hasta hace un par de años tres grandes canales se repartían el pastel publicitario, así que casi todos los productos televisivos nacían con la pretensión de atrapar a un público amplio y heterogéneo. Esto descartaba de antemano la posibilidad de plantear proyectos más complejos o arriesgados que apostaran, por ejemplo, por un público de un nivel intelectual más alto. Se supone que con la aparición de las nuevas cadenas generalistas y la progresiva “desconexión digital” las audiencias se fragmentarán y habrá lugar para una oferta mayor y más variada, aunque de momento estamos todavía más instalados en el pasado que en el futuro.
Otra dificultad importante proviene del hecho de que las televisiones, por lo general poco previsoras a largo plazo, demandan productos con gran urgencia, de tal forma que la improvisación y las prisas empañan el proceso creativo. La creación de una serie –en la que hay que “inventarse” personajes, tramas, conflictos, ambientes…- requiere tiempo para pensar y pulir tanto el concepto general como los miles de detalles. Tampoco se invierte suficiente tiempo en la elaboración de un cásting o en la preparación de un plan de producción adecuado. Y una vez que el proyecto está arrancado se escriben y ruedan capítulos de hasta 80 minutos –casi pequeñas películas- en pocas semanas, lo que impide necesariamente un buen resultado. La solución no es fácil de encontrar, pero estoy seguro de que pasa, entre otras cosas, por aplicar políticas de previsión de las producciones, anticipando con tiempo suficiente la preparación de proyectos que vayan a ser estrenados con un año o dos de antelación.
La relativa juventud de la industria televisiva española implica falta de profesionales cualificados, sobre todo en lo referido a contenidos. No sólo hay pocos guionistas “de carrera” con una experiencia y solvencia probadas, sino que los puestos decisorios de las televisiones están ocupados por ejecutivos que saben más de números que de historias, ajenos a las complejidades de un proceso creativo que, no obstante, se encargan de evaluar y tutelar.
Así, se hace necesario e inevitable un proceso paulatino de aprendizaje y “educación” de los jóvenes profesionales de la televisión, y un recambio generacional –que ya se está dando- que abra paso a creativos capaces de apostar por una televisión más moderna y audaz.
¿Por qué causan tanta admiración las series norteamericanas? ¿Influyen en el trabajo de un guionista español?
En primer lugar hay que matizar algo: las series que nos llegan de EEUU son las mejores. La televisión norteamericana produce miles de horas de contenidos semanales de los cuales sólo nos llega una refinada selección. Ellos también tienen programas zafios, contenidos “basura” y series mediocres.
Pero sí es cierto que la ficción televisiva estadounidense vive una época dorada con series que han seducido a millones de espectadores en el mundo entero. El canal HBO ha abanderado un movimiento a favor de la calidad de las historias que se ha contagiado a casi todos sus competidores directos. Los guionistas norteamericanos están huyendo de una industria cinematográfica mediocre y palomitera para refugiarse en un medio donde ellos vuelven a ser los reyes, donde pueden dar rienda suelta a su creatividad y su afán por contar historias reales, potentes y complejas.
Todos los guionistas españoles que conozco disfrutan y aprenden de las series extranjeras de éxito. El problema está en que no es fácil adaptar esos conocimientos a nuestras producciones. Primero, porque no hay dinero. Pero sobre todo porque no hay valentía, ni narrativa ni estilística. Las cadenas no quieren ofender a nadie, no se atreven a tratar determinados temas y no se atreven a hacerlo de una forma que no sea absolutamente comprendida por todo el mundo; la narración desestructurada con flashbacks o imaginaciones, los diálogos que sugieren en lugar de verbalizar, los personajes complejos y contradictorios, la iluminación expresiva o los recursos de montaje más arriesgados están, de momento, fuera de lo admitido.
He de admitir también, muy a mi pesar, que esta situación es en gran parte culpa del público televisivo español, que premia con su mando a distancia a algunas de las producciones más chabacanas y casposas de las que se estrenan. Pero esto también tiene sus matices: primero, que no estamos muy seguros de que los métodos de valoración de ratings sean realmente fiables. Y segundo, que gran parte del público que podría demandar una televisión de más calidad es defraudado una y otra vez, y por lo tanto está movilizándose hacia otros medios (Internet, DVD, tv digital, cine...).
Uno de los aspectos que me ha parecido más interesante a raíz de las respuestas de la profesora Cascajosa, es el paralelismo que realiza entre estas series y la alta literatura, la influencia de Dickens en los guionistas norteamericanos. ¿Estás de acuerdo con esta afirmación?
Efectivamente, la ficción televisiva norteamericana se nutre cada vez más de guionistas “autores” con inquietudes que van más allá de las historias convencionales que se escribían hasta ahora. No creo que se inspiren directamente en la literatura tradicional, pero sí que intentan emular la complejidad psicológica y narrativa que tiene la mejor literatura. En realidad, lo que están haciendo últimamente tiene más que ver con la influencia del cine de autor, lo que no excluye para nada la intención de que el resultado sea, también, comercial. Los responsables de HBO han confesado abiertamente que su modelo de producción se inspiró en el del cine europeo, que les permite contar de manera más rápida y barata historias de cierta profundidad, cuyo interés radica en la propia narración, no en los efectos especiales ni en un aparatosos “star system”.
También habla de la ausencia actual de referentes literarios después de que se adaptaran grandes obras de la literatura española o de que autores como Gala o Jaime de Armiñán trabajaran para la televisión. ¿Consideras que la televisión española necesita recuperar estos referentes literarios?
Como digo, no creo que la vía a seguir sea la de hacer “traducciones televisivas” de clásicos de nuestra literatura. Por el contrario, creo que el secreto está en intentar plasmar la complejidad de la sociedad actual, sin sortear determinados asuntos espinosos –drogas, política, corrupción, sexo…
Lo que los escritores pueden aportar a nuestra ficción televisiva no es una forma de escribir –el leguaje audiovisual tiene sus propias normas y hay que conocerlas y respetarlas-, sino calidad narrativa, diálogos menos estandarizados, personajes tridimensionales e historias más realistas y originales.






Raguenó dijo
Un análisis muy interesante. Estoy de acuerdo; el medio audiovisual tiene sus normas y el literario las suyas, pero la influencia de uno sobre otro es muy enriquecedora a nivel creativo, además de necesaria (o al menos eso me parece).
Un saludo.
5 Septiembre 2008 | 10:07 AM