Spirits in a material world

Hay un fantasma que vive entre los guionistas. Todos sabemos que nos envuelve, convivimos con él pero casi nunca lo nombramos ni admitimos que exista. En el fondo, a todos nos gusta alimentarlo y rascarle el lomo y tenerlo cerca porque más de una vez nos saca de algún apuro y nos señala el camino correcto. El problema es que no puedes actuar en su nombre, porque perderías toda la credibilidad delante de tus compañeros. El bicho en cuestión tiene muchos nombres, pero entre los seres humanos se le conoce habitualmente como "Intuición".
Los guionistas estudiamos, asistimos a seminarios, leemos libros sobre guión, vemos series y las analizamos, y algunos incluso damos clase e intentamos explicar qué es un buen guión, qué es un buen diálogo, cómo hay que estructurar una escaleta o plantear un conflicto. Todo eso es algo que, hasta cierto punto, se puede llegar a aprender. Pero en el fondo, sabemos que muchos de los diálogos, giros y planteamientos tocados por el genio están escritos gracias a un momento de sublime inspiración.
Pero, como digo, uno no puede apelar a la intuición para defender una idea. La mayor parte del tiempo de trabajo los guionistas nos lo pasamos discutiendo con compañeros, productores, analistas de guiones o coordinadores de guión, sobre cuál es la mejor decisión a tomar para cada frase, para cada conflicto y escaleta. Y en esas discusiones se lleva el gato al agua: 1- el que más manda (casi siempre). 2- El que mejor argumenta. Uno puede agüir "este giro es más potente", "este diálogo es sobrexplicativo", "este personaje nunca diría algo así"... Pero de vez en cuando brota una idea cuya mejor defensa es "sé que esto FUNCIONA". Puede que no alcances a comprender muy bien por qué, pero algo en tu cabeza te dice que esa aportación es positiva, que está viva, que se sale de lo previsible y que enriquece la historia.
Pero claro, queda muy mal engorilarse diciendo "confía en mí, tú lo ves raro, pero yo estoy convencido de que esto es una genialidad". Así que a menudo uno se ve obligado a construir argumentos cabales para justificar intelectualmente la necesidad de algo que sale de las tripas, no de la cabeza.
Si nadie nombra al fantasma es porque, si asumimos bilateralmente su existencia, corremos peligro de caer en el relativismo. No tengo nada contra el amigo Nietzsche -aparte de que tengo que buscar su nombre en el google para escribirlo bien- pero no me negarán que es muy difícil trabajar en equipo si todo el mundo empieza con el rollito "esto debe ser así porque mi intuición me lo dice". "A mí me dice lo contrario". "Pues a mí mi intuición me dice que eres un soplapollas". Y así, al final, la liamos.
¿Entonces cuál es la solución? ¿Renunciamos a la intuición en un arte -el de la escritura- cuya belleza y fuerza se basa precisamente en su carácter creativo? ¿Unificamos conocimientos y renunciamos a todo lo que no sea prestablecido, reglamentado o fundamentado en la lógica? Ésa no parece una buena solución, pero entonces... ¿Qué hacemos con el fantasma? Podemos dejarlo suelto, pero a ver quién coño lo controla, a ver quién es el listo que decide qué intuición es acertada y cuál es una necedad.
Por fortuna, no estamos del todo desvalidos ante el tema. Porque la intuición no es algo que traigamos bajo el brazo cuando nacemos, como el pan y los ganglios linfáticos. La intuición se educa, se aprende, se desarrolla con el trabajo y los éxitos y los fracasos y los años de dedicación y entrega. Por lo tanto, siempre será más aconsejable escuchar a la intuición de alguien que ha escrito 10.000 páginas de guiones, que la del que ha escrito 120.
Por supuesto, ésta no es una ley infalible, como muchos estáis pensando espetarme ahora mismo. Gente que ha escrito mucho sigue escribiendo mal, y gente recién llegada puede tener grandes ideas. Pero hacedme caso: no es lo más frecuente. El que haya estado escuchando a su intuición durante años, empieza a saber cuándo ésta se equivoca y cuándo es conveniente dejarse llevar por su susurro.
Eso, claro, si es que admitiéramos que existe el fantasma. Yo, por supuesto, negaré sistemáticamente haber dicho estas palabras -diré que un espíritu se me coló en el blog-. Porque yo todo lo que escribo es extrictamente lógico, racional, e irrebatible.
Me lo dice mi intuición, que está aquí sentada.





Buby Barton dijo
Sí. Existe ese fantasma. Y como dices la suma de la intuición más el oficio que la educa y reeduca (para que no se convierta en puro ego, para saber escuchar la opinión de otros de cuyai intuición podamos aprender) es el verdadero motor de un guionista.
Sin ese fantasma los que seríamos auténticos fantasmas sin castillo por donde pasearnos somos nosotros. .
Un saludo
2 Marzo 2009 | 09:40 PM