Documenta, que algo queda

Hace cosa de una década, trabajé como documentalista de la serie "Periodistas". Fue el primer puesto laboral remunerado en el que tuve un contacto directo con un grupo de guionistas, a muchos de los cuales todavía hoy profeso amistad y respeto.
"Periodistas" tenía tramas personales y profesionales. Yo trabajaba con las segundas, así que no me echen la culpa de los amoríos múltiples. Los guionistas me comunicaban su intención de incluir en algún capítulo un "caso" relacionado con algún tema concreto, y yo me dedicaba a investigarlo en profundidad. Luego les pasaba un informe donde se resumían los aspectos más importantes a tener en cuenta para abordar dicho asunto sin alejarse demasiado de la realidad.
A veces eran preguntas muy concretas, sobre aspectos legales o policiales, cuestiones médicas, asuntos burocráticos, idiomáticos, políticos... Otras veces eran "grandes temas": Inmigración, violencia machista, prevaricación institucional, relaciones entre payos y gitanos, operaciones estéticas... También creé un archivo informático indexado en el que diariamente introducía las noticias más interesantes, llamativas o "ficcionables" que aparecían en prensa escrita, y que les podían servir de idea o inspiración para futuras tramas.
A modo de anécdota, contaré que la empresa no me puso Internet. Aquello todavía se consideraba algo un poco "raro", una especie de entretenimiento para perder tiempo en horas laborables. Recuerdo que tuve que llevarme a la oficina un módem de mi casa (sí, de los de 56K que hacían ruidos raros al conectarse) para poder hacer algunas consultas por la world wide web. Pero la mayor parte de mi trabajo era artesanal: llamadas telefónicas, investigación en hemerotecas, entrevistas in situ y búsqueda en páginas amarillas (las de papel). Ahora pienso en ello y me parece una locura. Pero la verdad es que fue un trabajo agradable, divertido y muy estimulante. Y de paso, pueden ustedes encontrarme -si son muy buenos- en algunos cameos que hice en la serie.
En cierta ocasión el equipo de guionistas me solicitó que investigara el mundo del boxeo en España. Iban a escribir una trama sobre el tema y querían saber cómo era la realidad de los púgiles nacionales. Me puse manos a la obra: visité gimnasios y me entrevisté con entrenadores y boxeadores profesionales, incluso con los responsables de la selección nacional de Boxeo. Me contaron muchas cosas que ya apenas recuerdo, detalles sobre el mundo del boxeo, sus reglas, su rutina de entrenamiento, sus idiosincrasias...
Pero si hay algo en lo que todos insistieron es que el boxeo profesional es muy distinto a lo que se ve en las películas, casi siempre americanas, donde se le suele relacionar con actividades de dudosa moralidad, analfabetos manipulados y delincuentes de baja estofa. "Los combates amañados, las mafias deportivas, los boxeadores "sonados"... todo eso no existe aquí", me insistían. "No seáis tan cutres de sacar las mismas mentiras de siempre". Y claro, cuando eso te lo dice un tipo que te puede arrancar la cabeza de un manotazo, tiendes a asegurarle que no, que no se preocupe, que precisamente os estáis documentando para que eso no pase, y que le das tu palabra. Al fin y al cabo, era yo el que daba la cara.
Pasé mi informe y los guionistas se pusieron manos a la obra. El capítulo se emitió en televisión. En él, los periodistas descubrían una trama en la que un grupo de entrenadores ascendían de categoría artificialmente a varios boxeadores amateur para enfrentarles a "pesos pesados" mucho más experimentados. El resultado es que al menos uno de esos chavales (no sé si eran varios, ya no me acuerdo) había muerto sobre la lona. Otros acababan sonados. Todo era parte de una "conspiración" para ganar dinero con las apuestas, o algo por el estilo.
Cuando vi el capítulo en mi sofá de piso compartido, lo primero que hice fue ir a asegurarme de que tenía la cadenita de la puerta puesta. Y luego ya me indigné un poco. ¿Cómo habían podido hacer algo tan alejado del informe que yo les había pasado? ¿Para qué había servido mi trabajo, entonces?
Sin embargo, con el tiempo he ido valorando todo aquello de distinta manera. La documentación, para un guionista, debería ser un paso fundamental e ineludible previo a la escritura. Por desgracia, es un paso que casi siempre se salta, y más en televisión, donde las prisas y los plazos imposibles marcan un ritmo de escritura frenético. Sin embargo, en "Periodistas" se documentaban a conciencia, pagaban a una persona estrictamente para eso, algo que siguieron haciendo también en "Los Serrano" y en "Los hombres de Paco" (series creadas y escritas por muchos de los mismos responsables), algo que les honra y que considero un gran acierto.
¿Pero para qué documentarse, entonces, si luego haces lo que te sale del nabo? Bueno, no es exactamente así. La ficción es ficción, no documental, así que no hay que obsesionarse con la constante expresión de la realidad del mundo. La documentación previa te da una base de conocimientos sobre la cual construir. Uno puede decidir ser más o menos fiel a la realidad según los intereses de la historia, pero es importante que cuando traiciones la veracidad -que no la verosimilitud-, lo hagas con conocimiento de causa, que se trate de una decisión valorada y asumida, no por simple desconocimiento.
Si la ficción fuera igual que la realidad, sería aburrida, inconexa, vacía y desconcertante. Escribir significa cribar, pulir, ordenar y presentar de manera narrada aspectos de la realidad que pueden ser abordados desde la imaginación, la fantasía, la invención. No se trata de hacer "fotografías" de lo que nos rodea, sino interpretaciones. Aunque, por supuesto, eso no significa que uno pueda permitirse la traición absoluta y alevosa de lo verosímil. Nada hay más decepcionante que una historia imposible de creer, y por eso es importante construir sobre los cimientos de lo real.
Hay otro gran motivo por el que la documentación es aconsejable, y es por su capacidad de ofrecernos alternativas, ideas y detalles que jamás se nos podrían ocurrir a través de la pura intuición. Lo seres humanos somos tan ricos en rasgos y comportamientos que, mientras existamos, nunca jamás se agotarán las historias. La realidad a menudo te abre muchos más caminos, y más imaginativos, que la inventiva. Por eso una serie como "The Wire" produce esa constante sensación de realismo, porque detrás había dos tipos que conocían muy bien de antemano de qué estaban hablando, porque las páginas de los guiones están vivas, porque los personajes hablan y se comportan como los auténticos habitantes de los suburbios de Baltimore o de las altas esferas políticas. Aunque no les conozcas, se nota. Y eso, a pesar de que los personajes de la serie son inventados, y también la mayoría de los acontecimientos que les rodean.
La realidad no te da la historia, pero hace que ésta brille, que cobre vida. Por eso documentarse no debería ser una obligación, sino una bendición para el guionista, una manera de hacer más sencillo, atractivo y potente su trabajo.
Puede que la trama de los boxeadores pudiera haberse hecho de otra manera mejor, no lo sé. También asumo que posiblemente muchos de los profesionales a los que entrevisté me ocultaron aspectos más "sucios" de su deporte, tópicos que no por repetidos tienen por qué dejar de ser ciertos, en alguna medida (como el hecho de que recibir mamporros en el jeto durante años pueda ocasionarte algún daño cerebral). Personalmente el boxeo me parece una brutalidad anticuada y con poco sentido, igual que me lo parecen los toros y algunos mitos católicos. "Periodistas", en aquel capítulo, apostó por una línea quizá algo exagerada, quizá un poco sesgada e intencionada, pero perfectamente válida y eficaz en una ficción.
Y a mí, me ayudaron a empezar a ser guionista. Mucho más de lo que merecía.




Ingram dijo
Lo mejor de trabajar en Plan América, además de los compañeros, el zumo de naranja mañanero y el final draft, era documentarse. Hablamos con cooperantes, con cirujanos, con conductores de ambulancia, con miembros del servicio de urgencias, con bomberos, con reporteros de la guerrilla... Hasta nos permitieron asistir a operaciones, para pillar el ambiente y el lenguaje y para que no metiésemos la pata en cosas que los médicos, cuando ven series de médicos, detestan encontrar, tal que un cirujano yendo a intervenir con el reloj puesto.
Consultamos películas, libros, fotografías, diccionarios de jerga de narcos, tratados médicos, artículos sobre enfermedades tropicales, sobre desplazados, sobre medicina tradicional, sobre curanderismo y sobre armamento y ejército. La documentalista, además, era una fuente inagotable de anécdotas de narcos, políticos corruptos, milicias, campesinos y demás asuntos propios del país.
Luego la serie se dio una hostia como un piano de cola, y a lo mejor todo eso no sirvió para nada, pero eh, que nos quiten lo bailao.
16 Abril 2009 | 01:26 PM