Cahiers du petulant

A veces me compro "Cahiers du Cinema". Sé que esto suena a confesión, y seguramente algunos aprovecharán para tildarme de cultureta casposo, de cinéfilo elitista, gafapastoso y relamido. Ojalá eso fuera lo peor que se puede decir de mí (tampoco estaría tan mal).
No tendría que parecer necesario justificarse, pero lo hago. La verdad es que no me parece nada terrible intentar contagiarse de opiniones y reflexiones de gente que, supuestamente, sabe más que uno. La versión española de "Cahiers", relativamente reciente, y nutrida de algunos de los periodistas que ya escribieron en "Dirigido" (que también me compraba y me compro, aunque es más difícil de encontrar) es una publicación que escapa de la mercadotecnia barata, la cinefilia chusca y la sensiblería interesada de la mayoría de las publicaciones sobre cine de este país, más preocupadas por los traseros de los novios de Penélope que por el análisis medianamente riguroso de lo que se estrena.
A mí, sobre todo, me gusta leerme las críticas de "Cahiers" (aunque muchas veces no esté de acuerdo con ellas, eso es lo de menos) y las entrevistas y reportajes que hacen a gente del cine. A menudo hablan de cineastas extraños, exóticos, contraculturales o totalmente alejados de los círculos comerciales. Ahí, a veces, me pierdo, y paso página, lo reconozco. Pero alguna vez me quedo, y aprendo alguna cosita, que ya es algo, hoy en día.
¿Cuál es el único problema que le veo a "Cahiers"? Que se toma demasiado en serio lo de ser una revista de cine "seria", y a veces se les va la pinza con la prosa, no sé si con la intención subconsciente de distanciarse del "vulgo" o de acercarse a la "elite" (y entramos aquí en el terreno de la "crítica del crítico", un ejercicio siempre divertido que espero sepan entender con humor).
Esto es lo que encuentro en el último número, al comienzo de un artículo de Carlos F. Heredero (que suele decir cosas muy interesantes que siempre leo con atención) sobre "Enemigos públicos", la última producción de Michael Mann:
"Hace mucho ya que las películas dedicadas a evocar la existencia de emblemáticos mavericks como Billy el Niño, Jesse James o John Dillinger han desplazado su centro de gravedad del empeño fundamental de la etapa clásica (narrar o fantasear la historia de su vida), primero hacia la tarea implícita en la autoconsciencia propia de la modernidad (poner en escena la distancia entre la realidad y la leyenda) y después hacia el objetivo inherente a la estilizada vocación de la posmodernidad (la reescritura de las formas de representación que dieron cuerpo al mito)".
Es una reflexión inteligente y todo eso... pero se entiende lo que quiero decir, ¿no? ¿Qué necesidad?






gondell dijo
Menos mal, creía que era el único que al leer la revista se decía a sí mismo "soy idiota por no comprender esto", jajaja
29 Julio 2009 | 12:01 PM