El despacho infinito

Ayer sucedió algo prodigioso. Fui a ver una actuación de Ryuichi Sakamoto. Y fue un gran coñazo. Sé que diciendo esto me arriesgo a ser tildado de paleto, lerdo musical o estúpido, acusaciones que, en diversos aspectos y grados, probablemente sean ciertas. De cualquier forma, estoy convencido de que al menos hubo doscientas personas en ese concierto que pensaron lo mismo que yo pero no se atrevieron a confesarlo en alto (lo que podría significar que, además de lerdo, soy tan idiota como para creer que la mayoría de la gente comparte mis defectos, y que soy más guay que nadie por admitirlos).
No me malinterpreten, soy consciente de lo bárbaro del talento de este señor que ha compuesto tanto y tan bien, y de la maestría que demuestra ante su instrumento. De hecho tuvo algunos momentos sublimes. Entiendo lo que hace y lo admiro, pero otra cosa es que eso sea capaz de mantenerme entretenido, incluso despierto, durante dos horas.
El problema es que cuando uno es un genio y sus conocimientos, su experiencia y su sensibilidad artística están a años luz de las de la gran mayoría del resto de los humanos, resulta difícil seguirle en su búsqueda de lo excelso, sobre todo cuando lo hace interpretando algunos de los temas más obtusos, técnicos y repetitivos de su repertorio, casi todos extraídos de sus últimos discos. Ya saben, esas piezas donde no pasa nada si el pianista se equivoca, porque nadie se da cuenta. Sólo los bises nos dieron un respiro a los menos instruidos, con un poco de melodía que llevarnos al oído en temas tan maravilloso como éste.
El caso es que, tras unos primeros momentos de lógica fascinación en plan "ey, mira qué cosas más raras hace ese japo", llega el aburrimiento, el sopor. Y de pronto uno es consciente de que está atrapado. No puede hablar por móvil, no puede leer, charlar, mirar internet, ir a ver si ha crecido algo nuevo en la nevera, masturbarse, ver la tele ni mucho menos jugar a la play. Tampoco se podía dormir porque las sillas, de plástico duro, eran suficientemente poco confortables. En realidad, era el ambiente perfecto para concentrarse en los propios pensamientos.
Así que, en un acto reflejo, mi cabeza empezó a divagar, que era la única distracción con la que parecía no molestar a nadie. Se me ocurrieron algunos chistes que no vienen al caso sobre el espectáculo y la gente snob que lo estaba (estábamos) viendo. Algunos eran sobre Almodovar que estaba sentado dos filas adelante. Repasé mi agenda para la semana y los recados ineludibles del día siguiente. Recordé que tenía a medio empezar un monólogo, "tengo que ponerme con él en cuanto pueda". Le di una vuelta a algunas de las ideas que ya tenía y poco a poco me fue llegando, de puntillas, la inspiración. Se me ocurrió una manera de hilar el monólogo, y un posible comienzo que sonaba divertido. Empezaron a venirme a la cabeza chistes, giros, párrafos enteros.
Al rato pasé a reestructurar la escaleta de un tratamiento de largometraje que tengo, también a medias (en este oficio siempre se tiene todo a medias, hasta lo que se ha rodado). Encontré solución a ciertos problemas del segundo acto que me tenían atascado desde hace semanas, y le di un giro completo a uno de los personajes, algo que de pronto me abrió nuevas y excitantes posibilidades, algunas de las cuales creo que, unas horas más tarde, todavía me siguen estimulando.
No fue fruto de una ensoñación provocada por la modorra, esta mañana todavía recordaba la mayoría de los asuntos sobre los que pude reflexionar, y los he tecleado de una tacada para que no se pierdan en la cacharrería de óxidos que es mi memoria. Es posible que más adelante descubra que no valen para nada (puede también que ustedes lo hicieran ahora mismo si yo los compartiera), pero ésa es la misma sensación que tengo con el producto de cualquier tiempo de trabajo que pueda acometer en mi casa, frente a mi ordenador, con mi café.
Todo esto ya me había pasado otras veces, en conciertos, obras de teatro, charlas y cenas soporíferas, pero nunca de manera tan prolífica y evidente. Creo que fueron lo 90 minutos más creativos que he tenido en mucho tiempo. No sé, quizá por eso los guionistas somos gente despistada y un poco raruna, porque llevamos nuestro despacho a cuestas, porque la materia prima con la que trabajamos se moldea en la cabeza, y la factoría nunca echa el cierre.
Así que éste es mi consejo de hoy: si tienen problemas con una escaleta, si no encuentran ese personaje necesario para equilibrar un reparto, si tienen trabajo atrasado o buscan nuevas ideas de partida para iniciar un guión, acudan a algún espectáculo que les resulte profundamente aburrido. Puede que la musa se siente a su lado a charlar un rato...




elperejil dijo
Joder, el Sakamoto te ha resultado tan productivo a ti como las reuniones de vecinos a mí... sólo que lo de Sakamoto dura menos. ;-)
12 Noviembre 2009 | 10:30 PM